sábado, 8 de diciembre de 2012

19


Un golpe seco en la puerta me sacó del atolladero de pensamientos. La puerta se abrió bruscamente antes de que me diera cuenta. Mi padre entró en la habitación.
-Sarah, empiezas el lunes que viene, ve haciendo las maletas; el sábado te llevo para allá. – Cerró y se fue.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Deseé no haber conocido a Jack, al menos no durante la carrera. Esa misma noche decidí quedarme con Jack; si él se negaba a venir conmigo, estaría dispuesta a vivir aquí con él, escondida de mis padres hasta que me hartara de ellos y les diera una ingrata sorpresa.
No hay ninguna decisión incorrecta, quizá porque tampoco hay ninguna correcta.
Pasé la noche haciendo las maletas para mudarme a casa de Jack. Quizá no volvería en un tiempo, pues mi padre se había comprometido a llevarme y saber que me había escapado de casa le pondría furioso. Entonces me di cuenta de que no sabía que hacer con Stef, no podía dejarla sola en el piso.
La llamé esa noche y la obligué a salir de casa. Cuando hablé con ella me dio la sensación de escuchar un sollozo, pero no pude distinguir si lloraba. Quedé con ella que saldría a portal a las dos y cuarto, y que allí me esperaría para hablar con ella.
-Hola. –Me saludó.
Ahora resultaba evidente que Stef había estado llorando; tenía las cuencas de los ojos rojas y las pestañas húmedas.
-¿Te pasa algo? – Pregunté, por no ser muy explícita.
-No sé, Sarah. Creo que Matt y yo hemos roto. Hace tiempo que no hablo con él; parece que ninguno sabe cuándo empezamos a distanciarnos, no sé. – Explicó de malas maneras.
-¿Hasta qué punto le quieres? – Pregunté.
-No sé, Sarah, no es que me haya enamorado de él, solo echo en falta su compañía. – Respondió. – Pero a él parece no importare. Por eso, tengo unas ganas infinitas de salir de aquí y olvidarme de él.
Me quedé helada, sin saber qué decir, pero preferí no mencionar a Jack. La idea de dejar la carrera y a Stef era en sí una locura, aunque lo deseara con todo mi ser.
-¿En qué piensas? – Me preguntó.
-Que yo también le voy a echar de menos. – Me sincere.
-¿A Jack? – Preguntó.
“Sí, a Jack”, pensé.
-Sí, a Jack y a Marga. – Dije.
No, Stef no tenía noticias de Marga. Quizá Marga solo me hubiera llamado a mí porque necesitaba desahogarse con alguien y decidió aleatoriamente que lo haría conmigo por no repetir la noticia una segunda vez. Stef no tenía más ganas de llorar, supuse, por lo que se quedó callada y se sentó en el bordillo.
-¿Estás pensando irte tú también? – Me dijo. - ¿A Dinamarca?
-No, no voy a dejarlo todo por alguien a quien acabo de conocer. – Mentí.
-Yo no voy a decirte nada, puedes hacer lo que quieras.
Pensé en mi estúpido plan y dejé de darle vueltas, no podía quedarme. De todas formas, nada podría separarme de Jack. Lo único que podría perjudicarme era el continuo pensar en él.
Le di un fuerte abrazo a Stef y le prometí estar siempre con ella. Era lo que tocaba decir. Ese día me sentí una impostora, muy lejos de ser yo misma. Pero, ¿qué más daba? Siempre era mejor mentir para hacer bien a los demás que expresar la verdad y clavarles una navajita en el costado.

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