sábado, 8 de diciembre de 2012

12


Pero aquella pesadilla me retuvo toda la noche. A veces los sueños eran momentos que deseabas que ocurrieran de verdad. Algunos ya los anhelábamos desde antes de soñarlos; otros venían en una breve noche y eran imposibles de olvidar. También había sueños indeseados, que hacían alusión a nuestros temores y se convertían en situaciones horribles de las que era difícil escapar. Pues bien, aquel sueño era más bien como estos últimos.
No recuerdo muy bien qué hora del día ni qué día era; pues nada de eso es relevante en los sueños, donde todo ocurre en un período de tiempo tan corto como irreal. Lo que sí recuerdo es que estaba buscando a Jack por doquier; se había esfumado por completo. De repente, alguien me golpeó el hombro. Me giré y me topé con él; y en ese preciso instante deseé no haberlo visto. Jack tenía un horrible hueco en lugar de corazón, y me repetía una y otra vez que no me preocupara, que no tenía corazón y que nada le dolía ya. Me estremecí al pensar que yo era capaz de deteriorar así a Jack en sueños. Le quería, se suponía que le quería; y sin embargo, seguía viéndole como un monstruo en mis sueños. A veces pensaba que mis sentimientos se ablandaban, que yo, que nunca había amado por orgullo, me estaba convirtiendo en una frágil florecilla como tantas otras a punto de ser pisadas.
No obstante, no pensaba perder la cabeza por él, aunque fuese el único en mi mente y aunque no pudiera olvidarlo.
No dormí más esa noche. Al poco de despertarme, Stef entró por la puerta. Entonces recordé que había salido a aparcar mi coche y que vendría cuando lo hubiese hecho.
-La has hecho buena, Sarah… - Dijo al ver que estaba despierta. – Tu padre me ha visto con su coche y creía que se lo estaba robando.
-Lo siento, lo siento de veras.  – Contesté pensando en mis cosas, sin saber qué decir.
-Sarah… ¿crees que tu padre ignora quién soy o que se ha molestado en fingirlo para tener una excusa? – Me preguntó.
-No lo sé, Stef; de todas formas mi padre es gilipollas. –Respondí enojada.
-No discrepo. – Dijo Stef.                                     Miré a mi amiga; tenía el maquillaje corrido, la coleta deshecha y una sutil pero indiscreta marca que suponía Marc le había dejado en el cuello. Stef estaba empezando a soltarse; lo cual no me parecía negativo en absoluto, pues prefería verla desaliñada y cansada que preocupada. Y, lo que más me gustaba de ese cambio repentino, era que al fin sonreía de verdad.
-¿Dónde se ha quedado el coche? – Le pregunté.
-En tu casa. Lo siento, si quieres te acompaño andando.
-Iba a proponerte llevarte a tu casa en coche. – Fue toda mi respuesta.
-¿Te subes ya? – Preguntó. – He de contarte un par de cosas…

No hay comentarios:

Publicar un comentario