Pero aquella pesadilla me retuvo toda la noche. A veces los
sueños eran momentos que deseabas que ocurrieran de verdad. Algunos ya los
anhelábamos desde antes de soñarlos; otros venían en una breve noche y eran
imposibles de olvidar. También había sueños indeseados, que hacían alusión a
nuestros temores y se convertían en situaciones horribles de las que era
difícil escapar. Pues bien, aquel sueño era más bien como estos últimos.
No recuerdo muy bien qué hora del día ni qué día era; pues
nada de eso es relevante en los sueños, donde todo ocurre en un período de
tiempo tan corto como irreal. Lo que sí recuerdo es que estaba buscando a Jack
por doquier; se había esfumado por completo. De repente, alguien me golpeó el
hombro. Me giré y me topé con él; y en ese preciso instante deseé no haberlo
visto. Jack tenía un horrible hueco en lugar de corazón, y me repetía una y otra
vez que no me preocupara, que no tenía corazón y que nada le dolía ya. Me
estremecí al pensar que yo era capaz de deteriorar así a Jack en sueños. Le quería, se suponía que le quería; y sin embargo,
seguía viéndole como un monstruo en mis sueños. A veces pensaba que mis
sentimientos se ablandaban, que yo, que nunca había amado por orgullo, me
estaba convirtiendo en una frágil florecilla como tantas otras a punto de ser
pisadas.
No obstante, no pensaba perder la cabeza por él, aunque
fuese el único en mi mente y aunque no pudiera olvidarlo.
No dormí más esa noche. Al poco de despertarme, Stef entró
por la puerta. Entonces recordé que había salido a aparcar mi coche y que
vendría cuando lo hubiese hecho.
-La has hecho buena, Sarah… - Dijo al ver que estaba
despierta. – Tu padre me ha visto con su coche y creía que se lo estaba
robando.
-Lo siento, lo siento de veras. – Contesté pensando en mis cosas, sin saber
qué decir.
-Sarah… ¿crees que tu padre ignora quién soy o que se ha
molestado en fingirlo para tener una excusa? – Me preguntó.
-No lo sé, Stef; de todas formas mi padre es gilipollas. –Respondí enojada.
-No discrepo. – Dijo Stef. Miré a mi amiga; tenía el maquillaje corrido, la coleta
deshecha y una sutil pero indiscreta marca que suponía Marc le había dejado en
el cuello. Stef estaba empezando a soltarse; lo cual no me parecía negativo
en absoluto, pues prefería verla desaliñada y cansada que preocupada. Y, lo que más me gustaba de ese cambio repentino, era que al fin sonreía
de verdad.
-¿Dónde se ha quedado el coche? – Le pregunté.
-En tu casa. Lo siento, si quieres te acompaño andando.
-Iba a proponerte llevarte a tu casa en coche. – Fue toda
mi respuesta.
-¿Te subes ya? – Preguntó. – He de contarte un par de
cosas…
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