sábado, 8 de diciembre de 2012

17


Jack sonrió y me llevó agarrada de su mano hasta su casa provisional. Fingí no haberla visto nunca. Me dejé guiar hasta su dormitorio y él me dejó caer en la cama. Entonces apoyó las manos a ambos lados de mi cadera y se sostuvo a dos palmos por encima de mí, mirándome fijamente. De pronto, Jack se deslizó como una serpiente hasta su presa y me mordió en el labio. Los momentos siguientes encadenaron una guerra de ataques seductores. Dos horas más tarde acabamos magullados y malheridos el uno junto al otro. La ropa de Jack se perdió entre las sábanas al igual que mi consciencia. Sin embargo, me negué a dar un paso más para comprobar si Jack era capaz de respetar mi decisión, y así lo hizo. Jack me demostró que mi voluntad era tan si no más primordial que la suya.
-¿Todo bien?- Preguntó Jack.
-Sí, todo bien. – Le respondí, exhausta.
Jack se vistió y me indicó con la cabeza que le acompañara.
-He de irme, Sarah. Puedes quedarte aquí si quieres; cuando te vayas cierra la puerta. – Jack me entregó las llaves de su casa y con ellas un voto de confianza.
-Gracias, Jack. – Respondí. – Pero me iré ahora a casa. – Le entregué las llaves.
Jack me cerró la mano con las llaves dentro y me dijo que esa era mi casa. Poco después me dí cuenta de que también era la casa de Thomas y Matt, pero para entonces ya era demasiado tarde; Jack se había ido. No me había atrevido a preguntarle o tal vez ni siquiera tuve tiempo para formularle la pregunta antes de que se fuera. "Mierda", pensé.
Volví al mundo al cabo de cinco minutos. El camino de vuelta a casa se me hacía eterno y el viento en contra me helaba los huesos. “Qué irónico que, cuando Jack no está, tenga esta sensación de frío, siendo él la persona más distante y fría que conocía”, pensé.
Al ver el castillo pensé que las vistas a esas horas serían preciosas. No obstante, opté por volver a casa y acompañar a mi madre que últimamente se pasaba las noches en vela. Quise mirar la hora pero encontré la muñeca vacía. “¡Mierda!”. No tenía ni idea de lo que podría haber hecho con el reloj; juraría que lo llevaba al salir de casa, pero hacía ya tanto… “Me lo habré dejado en la cafetería mientras jugaba con él”, medité.
Antes de entrar en casa pasé por el Dry Coffee Snack Bar y le pregunté al camarero si lo había visto. El pobre chico negó con cara de asustado -debí de hacer demasiados aspavientos-, se disculpó y siguió limpiando la pegajosa sustancia que cubría las mesas. Inconformista como soy, opté por preguntar al resto de personal. Tres cuartos de hora más tarde -lo supe gracias al reloj del establecimiento- regresé a casa con las manos vacías.
Y a partir de entonces volvió mi tediosa vida rutinaria, aquella en la que Jack no existía y que la salud de mi abuela era lo único en lo que debía pensar; de lo contrario todo lo que hiciera no sería bien visto. Jack me llamaba una vez cada dos días para decirme que me quería, pero que no tenía tiempo para verme.
En el blog ya nadie comentaba, lo cual tampoco me extrañaba mucho debido a que no había continuado mi diario ni siquiera pensado cualquier otro tema sobre el que escribir.

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