De repente mi móvil empezó a
vibrar. Lo tenía en silencio; eso explicaba por qué no lo había oído en casa de
Matt.
-¿Stef?- Leí su nombre en la
pantalla.
-¡Sarah! Te hemos llamado un
montón de veces, Marga y yo empezábamos a preocuparnos por ti… -Respondió al
otro lado.
-Ya… solo Marga y tú… - Repetí
mosqueada, pensando en Jack.
-¿Qué quieres decir? – Preguntó.
-Lo siento, sé que os preocupáis
por mí. He estado en casa de Matt. – Me disculpé.
-De acuerdo, no pasa nada.
–Respondió Stef.- Aunque, la verdad es que algo sí que ha pasado…
-¿Qué ocurre, Stef? – Me alarmé.
-Thomas ha pegado un frenazo y
Jack… no llevaba el cinturón y se ha golpeado la cabeza contra la luna del
coche. –Respondió entrecortadamente.
Me quedé callada un instante. No
supe cómo reaccionar.
-Ay madre… - Concluí.
-Está en el hospital de las
afueras, ven hasta allí y yo saldré a la puerta. – Me guió. – Chao.
-Voy. – Colgué.
No, no era normal que a estas
horas Jack no hubiera venido a ver qué era de mí; estaba claro que algo le
había ocurrido. Cerré los ojos y deseé que no hubiera sido nada grave. Cogí
prestadas las llaves del coche de mi padre y me largué de casa. Era la primera
vez que cogía el coche de mi padre sin permiso. Creo que, a pesar de ser
una novata inexperta, conduje más rápido de lo que nunca había ido. En
tres minutos estaba aparcando en doble fila en frente del hospital. Busqué a
Stef con la mirada y como no la vi decidí entrar directamente. Me crucé con
ella en la entrada; de hecho, casi nos damos de bruces.
-¡Sarah! ¿Estás bien? – Me
preguntó Stef.
-Sí, vamos con Jack, deprisa; he
aparcado en doble fila.
-Ve tú, la tercera puerta a la
izquierda. Dame las llaves del coche y yo te lo aparco. – Resolvió Stef.
-Gracias. Te espero dentro. – Le
dije.
El hospital olía a rancio y las paredes tenían humedades. Típico de un pueblo.
El hospital olía a rancio y las paredes tenían humedades. Típico de un pueblo.
Llamé dos veces a la puerta. Un
enfermero joven y desgarbado me abrió con desgana.
-Hola, venía a ver a Jack… -
Dije, dándome cuenta de que no tenía ni la menor idea del apellido.
-Sí, pasa. – Me indicó también
con la mano. – Adelante.
Entré en la sala sin volver a
dirigirle la mirada al enfermero y me centré en Jack. Estaba tumbado en
una camilla con la cabeza vendada. Me quedé mirándolo fijamente. Él me dedicó
media sonrisa. Era evidente que aún le dolía. De repente, sentí un impulso de
darle un abrazo, pero me frené al pensar que podía hacerle más daño. Una
lágrima me rodaba por la mejilla. Jack me la enjugó extendiendo la mano.
-Debe quedarse unos días más. Tiene
una leve fractura en el cráneo; pero no ha causado ninguna lesión en el
cerebro. – Explicó el enfermero.
-No te preocupes Sarah, no ha sido nada. – Aclaró Jack.
-Es inevitable… podría haber
estado allí para ayudarte, pero no lo hice. – Me sentía culpable de veras, y
sabía que Jack también lo pensaba en el fondo, que debería haberme quedado.
-Pero no lo hiciste, y
ya no hay vuelta atrás. No tiene importamcia. Simplemente dime que me quieres y que vas a estar
bien hasta que me recupere.
Asentí con la cabeza y me senté
en una silla al lado de la camilla. Pasamos horas en silencio, acariciándonos
mutuamente las manos, hasta que uno de los dos cayó dormido. Creo que fui yo la
primera. En realidad, no puedo estar segura de que Jack se durmiera.
-¿Sabes que esta noche me has
apretado varias veces la mano? – Me dijo en un momento en que me desperté.
-¿Cuándo? – Le pregunté.
-Ahora mismo. Pero no es la
primera vez que lo haces. – Sonrió.
-He tenido una pesadilla... -
Intenté relacionarlo.
-¿Ah sí? – Pareció interesado. -
¿Sobre qué?
-Nada, tonterías. – Solía decir
cuando no quería darle importancia a un asunto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario