sábado, 8 de diciembre de 2012

14


Entré sigilosamente en casa y pasé a la cocina para comer algo. Me encontré a mi madre llorando a oscuras, sola. Sobre mi madre no tenía una opinión clara; era, al contrario que yo, el tipo de mujer que obedece siempre a su superior. En su caso, su superior era mi padre; y esa era mayor razón por la que no soportaba a mi padre. Pero, a pesar de esa supremacía que él ejercía sobre ella, yo sabía que lo hacía inconscientemente.
Mi madre no lloraba por un problema parejil; era algo más profundo que eso, lo cual me hizo sentirme terriblemente dolida.
-Quiero que sepas que a ti te aprecio. – Le dije.
-Lo sé, aunque no debería darte las gracias porque el hecho de que te lleves tan mal con tu padre me duele más que si me dijeras que no me aprecias en absoluto. – Respondió de golpe.
-Qué bien improvisas. – Dije con sarcasmo. – Sé que no lloras por eso.
-¿Cómo estás tan segura?
-Nunca te ha afectado tanto. Le respondí sencillamente.
Nunca había mantenido una conversación tan abierta con mi madre.
-Me desesperas… - Concluyó.
-Cuando quieras me dices lo que te pasa. Con tu permiso, voy a desayunar aquí. – Le contesté.
-Me acaba de llamar el abuelo desde el hospital.- Dijo entre sollozos. - Pero es la abuela a la que le ha dado un infarto, ya sabes que últimamente está bastante delicada.
Me quedé atónita, speechless. Detestaba que un mal ajeno interrumpiese mi vida de tal forma. Sé que suena muy egoísta, pero no veía la razón por la que sufrir cuando no tenías motivo hasta que le da un infarto a tu abuela.
-Lo siento… - Dije, sin más.
Salí de la cocina dejando el supuesto desayuno a medias para no tener nada más que decir.  Una lágrima rodó por mi mejilla.
-¡Espera! – Sollozó mi madre. – Quiero que un día me acompañes a verla al hospital… Hoy no he podido ir; estaba demasiado afectada...
-Sí, lo haré. – Dije simplemente lo que quería oír.
A veces fingimos ser de hielo pero también somos vulnerables al miedo, pues el hielo y el miedo no son términos incompatibles.
¡Qué puto día más largo! A la mañana siguiente hicieron falta tres gigantes para levantarme.
-Vístete, que vamos al hospital. – Fue lo primero que me dijo mi madre aquel día.
“De paso también podría ver a Jack…”, pensé, “dos en uno”. Pero Jack estaba en la otra punta del hospital y cuando vi a mi abuela no quise dejarla sola. “Hipócrita”, me dije a mí misma. ¿Cuántas veces me había acordado de mi abuela en todo el año?
Mi madre se arrodilló al lado de la cama de su madre, le cogió la mano y le intentó tranquilizar, aunque fuese ella misma quien más lo necesitara ahora mismo. Al verme, mi abuela esbozó una frágil sonrisa.
-Cuánto tiempo, Sarah...– Me dijo.
-Lo sé. – Respondí, fingiendo una sonrisa tímida.
Hizo un gesto para que me acercara y lo hice; me abrazó como si fuese su nieta pequeña y me dio un beso.
-Gracias por venir a verme. – Me dijo. – Y no os preocupéis más por mí, estaré bien en un tiempo.
No soportaba más esa situación tan dramáticamente sentimental. Me despedí poniendo una falsa excusa y me marché en cuanto pude. Omití la visita a Jack por miedo a que me reprocharan haberme ido para ver a un chico al que apenas conocía.

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