De repente, alguien apareció de
algún inoportuno lugar para hacerme una aguadilla. Poco después comprobé que se
trataba de Matt, un gran amigo mío. Matt, tan inocente como era, me retuvo más
tiempo de lo que pretendía con una aguadilla de broma a modo de saludo. Tan
pronto como saqué la cabeza del agua y empecé a respirar entrecortadamente y
haciendo más ruido del que pretendía, Jack vino a socorrerme. Pero en vez de
preguntarme si estaba bien y preocuparse por mí, Jack agarró bruscamente a Matt
y le pegó un puñetazo en la mandíbula.
-¿Estás loco? ¡Déjalo en paz,
es un amigo! – Intenté frenarle en vano.
Jack no respondió, hundió a Matt en
el agua y salió tranquilamente de la piscina. Me di cuenta entonces de que tenía dos facetas
contrarias: la primera, la impulsiva, que le obligaba a reaccionar contra la
voluntad de la mayoría de la gente; la segunda, la del arrepentimiento. Creo
que Jack se avergonzó de sus hechos pues después del incidente se metió al vestuario y no volvimos a
saber de él en toda la mañana.
-Matt, ¿estás bien?- Saqué a Matt
del agua ya que él apenas podía salir.
-¿Quién era ese mamón?- Fue su
primera pregunta.
-Déjalo, él salió en mi defensa porque no entendió tu intención. –Evité hablar de Jack.
-Ya veo, pero no puedo evitar preguntarme quién ha sido– Contestó.
En ese momento agradecí que la
piscina estuviera tan vacía. En realidad lo agradecí en todo momento, pero esa
situación me pareció especialmente vergonzosa. El problema era Jack.
Para consolarle, acompañé a Matt a
su casa. Como había traido el coche y ahora no se encontraba muy apto para
conducirlo, tuve que hacer de chófer sin licencia. No, no tenía el carné de
conducir. Matt casi me mata al enterarse.
Llegué a casa a las tres de la
tarde. Me había olvidado por completo de Marga, Stef y sus respectivos novios, ligues, o lo que quiera que fueran. Al llegar al portal decidí no entrar en casa tan pronto. Tenía una cara de cabreo que se veía de lejos y no
quería que nadie me hiciera preguntas al respecto. Fui a la cafetería de en
frente, me pedí un granizado de café y me lo tomé yo sola. Tuve que reprimir
las ganas de fumarme un cigarro, igual que también quería ver a Jack y
proponerle otro beso. “Pídemelo cuando lo quieras”, no paraba de darle vueltas.
Cabrón.
Matt era un buen amigo. Era
diferente al resto de la gente, diferente a mí también, pero eso me gustaba;
mucho. Él tenía muchos problemas con su familia: su padre consumía cocaína y su
madre no lo soportaba, hasta que empezó a beber y dejó de preocuparse. Sin
embargo, él nunca había sufrido por ello, aunque la gente de su entorno lo tachaba de raro. Tal vez lo fuera, pero eso me hacía sentirme más unida a él. Nunca solía decir
eso, pero hacía tiempo que lo pensaba.
En cualquier caso, Matt no se había
merecido el puñetazo de Jack.
Volví a casa con resignación y me sentí
como una adolescente enrabietada. No sabía qué era lo que quería y no estaba
acostumbrada a esa sensación.
Me distraje leyendo por tercera vez “Cien años de soledad”. No es que no
tuviera otros libros que no hubiese leído aún, pero esa novela me fascinaba y
me abstraía del mundo.
Llegó la noche sin darme cuenta. Mis
padres no se habían enterado de que había vuelto a casa y tampoco les
importaba. De hecho, desde que cumplí la mayoría de edad parecía que habían
hecho un pacto ellos solos para despreocuparse al fin de mí.
Oí llamar al timbre. No tenía
ganas de abrir. Mi madre que por lo visto estaba cerca de la entrada abrió la
puerta. Escuché que preguntaban por mí. Aunque no pude distinguir la voz,
imaginé quién se fue por donde había venido tras recibir la noticia de que yo
no estaba en casa. Bajé las escaleras sorprendiendo a mi madre y crucé la
puerta sin decir nada.
-A veces soy invisible para mis
padres, espero no serlo para ti. – Le dije a Jack.
-Sarah…
Pensé que se disculparía, pero no lo
hizo.
-¿No esperabas verme? ¿Entonces por
qué has venido, para quedar bien con mis padres?- Le solté.
-No he venido ni a quedar bien con
tus padres ni a discutir contigo. –Aclaró.
¿Sabía Jack que Matt era mi amigo?
Creo que después de pegarle lo intuyó.
-¿Quieres venir conmigo sí o no? –
Me preguntó.
-Sí.
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