Dejé de discutir y subí a mi
habitación con la intención de hacer algo que me distrajera, pero no encontré
nada. Me senté de cuclillas en la silla del escritorio y me puse a mirar por la
ventana. Desde mi habitación se veía la carretera y al otro lado los bloques
de pisos que indicaban que ahí empezaba verdaderamente la ciudad. Me sentí
terriblemente sola en mi habitación. Nunca llevaba a nadie a casa porque me
resultaba incómodo que estuvieran mis padres observando como buitres. Ellos creían que no debían dejarme en casa porque no era suficientemente responsable, y eso que ya había vivido dos años en un piso con Stef y Marga. Pero "no es lo mismo sola que con otras dos amigas responsables" me aclararon el otro día. Sin ir más lejos, mi padre me acababa de comparar con una adolescente.
Mi adolescencia no había sido
como mis padres esperaban. Por eso, creían que aún no la había pasado. Aquellos
años en que el resto de las chicas agonizaban por un amor obsesivo; mi mente
estaba repleta de odio hacia aquellas personas que, ignorantes, creían en el
amor. No quería enamorarme nunca, porque todos terminaban sufriendo, siendo
siervos de otro que a su vez vivía para alguien cuyo amor no correspondía. El
ejemplo más próximo, más aún que los noviazgos de Marga, eran mis padres. Nunca
quise tener un futuro en el que mi vida estuviera anclada a una familia a la
que debes querer por obligación. Más tarde me di cuenta de
que existen muchas formas de querer a alguien; y que el amor no es malo en sí,
sino las personas. Y así me encerré como sigo ahora, en mi propio pensamiento.
A veces quiero despojarme de
toda esta rabia, pero me cuesta tanto… A medida que fui conociendo a Jack me
daba cuenta de que tenía muchas cosas en común con él; que no era un chico
antojadizo cualquiera. Eso me hacía sentirme bien. Lo que no acababa de
convencerme era sentir que me estaba enamorando, y que me volvía loca de verle,
hasta tal punto que creía verlo donde no estaba. Hacía menos de doce horas que
había estado con él, pero ya lo echaba en falta. Jack siempre solía aparecer
por mi calle cuando menos me lo esperaba.
Me paré a mirar la hora en el
móvil un segundo. Eran las diez y cuarto y tenía catorce llamadas perdidas.
Ocho eran de Marga y seis de Stef. Me sentí algo culpable; pues hacía tiempo
que no les prestaba atención salvo cuando hablábamos de nuestros ligues. La
verdad es que no tenía muchos más amigos que Marga, Stef y Matt. Marga y Stef
ya eran amigas cuando las conocí, pero me aceptaron sin problema. Quizá no se
parecían mucho a mí, y de hecho, tampoco se parecían entre ellas, pero su
compañía me agradaba y pasábamos buenos ratos juntas. Daba la casualidad de que
las tres vivíamos en el mismo pueblo en verano y estudiábamos en la misma
universidad en una ciudad cercana. El segundo año de carrera me propusieron
instalarme en su apartamento, y a partir de ahí consolidamos nuestra amistad. A
Matt le conocí un día en la fiesta del pueblo. Matt también estaba estudiando,
pero lo hacía en otra ciudad diferente. Lo extraño era que nunca hubiésemos
coincidido antes. De hecho, nunca pensé que alguien como él pudiera vivir en
este pueblo yermo. Quizá él era quien más se parecía a mí.
Respecto a mi familia, creo que no teníamos nada en común. Quien más hubiera podido asemejarse era mi hermano
pequeño, Simon, que había muerto a los dos años por una enfermedad
respiratoria. Nunca solía hablar de él; más porque ya lo había olvidado que
por la pena que me producía el recuerdo.
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