Tenía el presentimiento de que
Jack podría aparecer en casa de Matt en cualquier momento. Sin embargo, eso
nunca sucedió.
Estuve cinco horas allí. Tres de ellas las pasé pensando en que tal vez no debería haber confesado
a nadie lo que sentía por Jack. Eso podría costarme caro en el caso de que Jack
no me hubiese enamorado simplemente porque me quería. Y esa era una posibilidad
que nunca había que descartar.
Durante aquel rato, Matt
aprovechó para terminar un dibujo a acuarela de una ciudad de noche. Yo le
observaba atentamente mientras escuchaba una canción de los Red Hot Chili Peppers. Matt me fascinaba con
sus dibujos. Además de su pasión, el dibujo para él era una manera de relajarse
y olvidarse de todo. Algún día quería ser como él, soñador…
-¿Sarah? – Matt observó mi gesto
ausente.
-Mmmmm… Estaba… pensando. –Dije
mirando al infinito de la ciudad nocturna.
-Nunca te había visto contemplar
mis dibujs así.- Declaró.
-Estoy pensativa, últimamente
siempre lo estoy, perdona.- Le miré a los ojos.
-¿Quieres hacer algo? – Sugirió.
-No, estoy bien… Sigue. –
Respondí, pausadamente.
-¿Tienes hambre? Voy a hacer
algo de comer.- Propuso.
No tenía ni idea de lo buen o
mal cocinero que era, pero debía reconocer que la idea de comer algo me despejó
la mente.
-Adoro comer cuando tengo
hambre. – Dije sin pensarlo.
-Yo adoro comer sin hambre. –
Dijo Matt irónicamente.
-Me refiero a que, ¿nunca te has
sentido alguna vez obligado a hacer lo que alguien, mayor o con más autoridad
que tú te diga cuándo has de comer, cuándo has de hacer todo lo que se suponga que tienes que hacer?
-En mi caso no... – Se sinceró
Matt.
-Me alegro de que no te
entristezca pensar en tus padres; no sirvo para consolar a nadie.
Matt escuchaba atento mientras
sacaba un paquete de espaguetis del armario y ponía a calentar agua.
-Yo no sirvo para cocinar. –
Declaró.
-¿Qué dirías de mí?- Le pregunté.
-Que tampoco.- Matt me dedicó
una de sus sonrisas encantadoras.
Entre los dos preparamos los
espaguetis y nos los comimos sentados a la mesa, uno en frente del otro, como
en una cita romántica.
Matt hizo amago de colocarme en
la boca el extremo opuesto del espagueti que estaba a punto de comerse. Al ver
que yo le miraba con un gesto un tanto extrañado, fingió de malas maneras que se
le estaba cayendo. Estallé en una carcajada. Hacía mucho que no me reía así.
-No hace falta que pongas la
excusa de un espagueti para besarme.
-Siempre he querido hacer la
escena del espagueti.- Comentó, divertido. – Pero he visto que no te hacía
mucha gracia.
-Cómetelos ya por favor. – Reí
desesperada.
Todavía no entendía si Matt me
había besado para consolarme o por propia voluntad. La primera impresión que
tuve de él fue que era homosexual. ¿Y si lo era? Puede que no tuviera una
preferencia de sexos. En cualquier caso, eso no me importaba para nada.
Volví a casa a las seis y media
de la tarde. Matt me acompañó hasta la mitad del camino, y se despidió con una
sonrisa, sin más; lo cual me demostraba que nada le había afectado, y me
alegraba. El verano se me pasaba cada vez más rápido, pero tenía la sensación
de que cada pequeño instante duraba siglos, especialmente cuando Jack me
miraba.
“No debo pensar demasiado en
Jack”. “Cuando se vaya, o cuando deje de quererme como lo hace ahora estaré
perdida si no sé controlarme.”
Pensar en Matt tampoco me
ayudaba; no quería darle a entender cosas que no eran ciertas.
En casa, mi padre me esperaba
firme como un soldado para leerme la cartilla.
-¿Qué haces aquí? – Me preguntó
de improviso.
-Ya tengo claro que prefieres
que no pase por casa, pero debes saber que también es la mía. – Respondí con
seguridad.
-¿Es que el idiota del coche no
tiene casa? Porque si la tiene ya te estás largando a vivir con él.
-El idiota del coche era el novio de
Marga, y yo no soy quien para decirle a mi amiga con quién se debe juntar y con
quién no. – Le aclaré.
-No te creo Sarah. Pensaba que
ya eras mayorcita, pero a veces pareces una adolescente empedernida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario