Llegué a casa y me cercioré de
que mis padres dormían en su habitación y de que no había ninguna anomalía que
pudiera turbar mi sueño.
Yo no era abierta, más bien
reservada y precavida. Tendía a pensar en la peor situación para no llevarme
disgustos. Era feliz a mi manera, aunque me costaba sonreír. Y debido a mi temprana desconfianza, al día siguiente me desperté pensando en que quizá no
había conocido de verdad a ese hombre, que podría haber sido fruto de un sueño
absurdo.
“¿Qué estupideces digo?”, pensé.
“Ayer viví el mejor día de mi vida y hoy no voy a desaprovechar la oportunidad
de volverle a ver”.
-Hoy salgo de mañana. – Les dije
a mis padres. –Y no probablemente no vuelva hasta la noche. – Añadí en voz baja.
Mis padres no reaccionaron. Se
limitaron a comprobar que la puerta estaba cerrada, o eso supongo que harían,
como hacen siempre, pues yo ya estaba de camino. Poco más tarde de salir de
casa me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde vivía Jack ni tenía su móvil
siquiera… ¿o sí? Tal vez, jugando a lo prohibido, él me escribiera su móvil en
la ingle, y tal vez yo, loca y extasiada, lo olvidara por completo. No era
propio de mí, pero, insatisfecha, comprobé que era cierto. Una señora mayor se
quedó mirándome mientras yo, en medio de la calle, consultaba la entrepierna
mientras marcaba en el teclado del móvil.
Esperé un buen rato hasta que
por fin Jack cogió el teléfono. Me llevé una pequeña desilusión cuando escuchó
mi voz y preguntó quién era. Inocente por primera vez de mí, creí que él
también había guardado mi número.
-Soy Sarah, Jack. Por favor,
dime que te acuerdas de mí. – Le supliqué. Temía con toda mi alma que lo
hubiera olvidado, tan pronto como ayer me abandonó inesperadamente.
-No te he olvidado, Sarah. Por
eso he venido a buscarte. – Colgó y apareció en la esquina de mi calle, desde
donde yo le llamaba.
-¡Jack! Eres tan impredecible…
-En absoluto. Soy una persona sencilla, la más corriente del mundo. –Obviamente mentía.
Jack me hacía caminar el doble
de rápido que de costumbre. Yo me esforzaba en seguirle el paso, aunque él lo
hacía inconscientemente. Sin embargo, a veces parecía satisfacerle sacarme
ventaja en algo. Ser frío era para él una virtud. Había entre nosotros una
especie de relación amor-competencia.
-Quizá te parezca que soy
demasiado banal para ti, pero tengo mis estrategias. – comenté.
-¿Para qué necesitas
estrategias?- Preguntó, desconfiado, mientras me soltaba la mano.
-Para ganarte, Jack. – No quería
hablar más, pero tenía la intuición de que él perseguía el objetivo de enamorarme
para tenerme a sus pies. Yo le quería, pero estaba segura de que si se diera el caso no toleraría aceptar órdenes sin
más.
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