sábado, 8 de diciembre de 2012

3


Llegué a casa y me cercioré de que mis padres dormían en su habitación y de que no había ninguna anomalía que pudiera turbar mi sueño.
Yo no era abierta, más bien reservada y precavida. Tendía a pensar en la peor situación para no llevarme disgustos. Era feliz a mi manera, aunque me costaba sonreír. Y debido a mi temprana desconfianza, al día siguiente me desperté pensando en que quizá no había conocido de verdad a ese hombre, que podría haber sido fruto de un sueño absurdo.
“¿Qué estupideces digo?”, pensé. “Ayer viví el mejor día de mi vida y hoy no voy a desaprovechar la oportunidad de volverle a ver”.
-Hoy salgo de mañana. – Les dije a mis padres. –Y no probablemente no vuelva hasta la noche. – Añadí en voz baja.
Mis padres no reaccionaron. Se limitaron a comprobar que la puerta estaba cerrada, o eso supongo que harían, como hacen siempre, pues yo ya estaba de camino. Poco más tarde de salir de casa me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde vivía Jack ni tenía su móvil siquiera… ¿o sí? Tal vez, jugando a lo prohibido, él me escribiera su móvil en la ingle, y tal vez yo, loca y extasiada, lo olvidara por completo. No era propio de mí, pero, insatisfecha, comprobé que era cierto. Una señora mayor se quedó mirándome mientras yo, en medio de la calle, consultaba la entrepierna mientras marcaba en el teclado del móvil.
Esperé un buen rato hasta que por fin Jack cogió el teléfono. Me llevé una pequeña desilusión cuando escuchó mi voz y preguntó quién era. Inocente por primera vez de mí, creí que él también había guardado mi número.
-Soy Sarah, Jack. Por favor, dime que te acuerdas de mí. – Le supliqué. Temía con toda mi alma que lo hubiera olvidado, tan pronto como ayer me abandonó inesperadamente.
-No te he olvidado, Sarah. Por eso he venido a buscarte. – Colgó y apareció en la esquina de mi calle, desde donde yo le llamaba.
-¡Jack! Eres tan impredecible…
-En absoluto. Soy una persona sencilla, la más corriente del mundo. –Obviamente mentía.
Jack me hacía caminar el doble de rápido que de costumbre. Yo me esforzaba en seguirle el paso, aunque él lo hacía inconscientemente. Sin embargo, a veces parecía satisfacerle sacarme ventaja en algo. Ser frío era para él una virtud. Había entre nosotros una especie de relación amor-competencia.
-Quizá te parezca que soy demasiado banal para ti, pero tengo mis estrategias. – comenté.
-¿Para qué necesitas estrategias?- Preguntó, desconfiado, mientras me soltaba la mano.
-Para ganarte, Jack. – No quería hablar más, pero tenía la intuición de que él perseguía el objetivo de enamorarme para tenerme a sus pies. Yo le quería, pero estaba segura de que si se diera el caso no toleraría aceptar órdenes sin más.

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