sábado, 8 de diciembre de 2012

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-Chao Sarah, mañana nos vemos: Thomas me ha propuesto volver a vernos en la piscina, pero esta vez en la olímpica. Te espero a las cinco. – Se despidió Marga. Acto seguido me dio un beso en la mejilla.
Jack me miró intensamente. No pude soportarlo.
Cuando llegué a casa no quedaba nadie despierto. Eran las tres de la madrugada, pero no tenía sueño. Salí al balcón a tomar el aire. La noche estaba despejada y soplaba una suave brisa de verano, no hacía ni frio ni calor. Y de repente, una mirada se clavó en mis ojos, irrumpiendo en mis pensamientos. Era él: Jack. Abajo, en el mismo lugar en que lo había dejado, Jack me miraba constantemente suplicándome con la mirada que bajara, que íbamos a comernos el mundo esa madrugada.
-Vente. – Me pidió. – Te gustará.
Sonámbula, bajé hasta el portal con el pijama y abrí la puerta del coche.
-Tranquila, ahora lo aparco. Sé que no te gusta.
Jack había adoptado un tono más amable. Ya no era el desafiante Jack, pero seguía mirándome de aquella manera. Antes de que me diera cuenta, me había tapado los ojos con una venda y me guiaba agarrada a su brazo hacia dondequiera que se le antojase esa vez.
-Te va a gustar, Sarah. –Me dijo solamente.
-¿Por qué estás tan seguro? Tú y yo apenas nos conocemos.– Le reté.
-Te conozco más de lo que piensas, Sarah. Yo sé cómo eres por dentro tanto o más como tú me conoces por fuera. – Y en aquel momento su brazo se desvaneció y me vi sola por un momento, hasta que volví a encontrar su reconfortante pecho.
-No quería decir eso… -Fue mi respuesta. Sabía que lo mejor que podía hacer era llevarle siempre la corriente.
Jack hizo caso omiso de mi último comentario. Se mostró más frío, pero él sabía que ese era el modo más factible de conquistarme. Siempre ganaba la partida.
De hecho, me di cuenta de que me había ganado cuando, al quitarme la venda, me hallé en frente de la casa de Stef.
-No creas que te pensaba llevar a un lugar especial conmigo. Solo te he traído hasta aquí para que no duermas sola en tu casa. – Se giró y se fue.
No me creí nada de lo que me dijo, pero por fin supe que realmente se había enfadado.
El comentario que hizo sobre mi casa me hizo pensar. ¿Había alguien en mi casa? Sí, estaba segura. ¿Por qué me habría mentido?

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