Estuve una semana sin ver a Jack; supongo que fue el tiempo que estuvo en
el hospital. De estar en casa me habría ido a buscar al menos una vez al día.
La verdad es que pensé que le darían antes el alta, que no era tan grave.
Aproveché esos días para seguir con mi blog, que había abandonado desde
principios de verano. En época de estudios aprovechaba el poco tiempo libre que
me dejaba la universidad para escribir una especie de blog personal y de
relatos. Me relajaba escribir y además me reconfortaba saber que había personas
a las que le gustaban mis textos. Además, siempre había querido formar parte de
algo similar a un club de opinión, en el que la gente hablara de algo que
tuvieran en común. La idea de que se hablara de mis relatos me hacía aún más
ilusión. A veces uno escribe cuando no le gusta su propia vida y se inventa
otra que le gustaría tener, aunque también escribía sobre vidas tristes, y sobre mi propia vida. Un usuario que me seguía desde hacía tiempo
había dejado un nuevo mensaje que aún no había leído. “Tus relatos me enamoran,
pero tu presencia me excita”. ¿Quién era? Nunca hubiera pensado que alguna vez
hubiese estado cara a cara con él, o con ella. Ese mensaje estaba al alcance de
cualquier persona, lo cual me atemorizó. La fecha del mensaje era de hace unas
dos semanas. Por otra parte, ¿era bueno o malo que mi presencia excitara a un
desconocido?
Pero esos días no era capaz de escribir nada ocurrente. Tal vez si hubiese
tenido algo a medias podría haberlo acabado, pero no supe hacer nada más que
escribir una especie de diario. Sin embargo, eso no me llenaba igual que inventarme una historia nueva, creativa. Por eso dejé el diario aparcado y publiqué lo que había escrito
para ver si causaba interés. Durante esos días, me fui dando cuenta de lo
aburrida que era mi vida sin Jack... Me acordé también de que tenía
otros amigos. Sin embargo, el hecho de haber dejado a Jack solo mientras se
recuperaba del golpe remordía mi conciencia más que el haber abandonado al resto.
Llamé al móvil de Jack, impaciente por hablar con él.
-¡Jack! – Se me saltaban las lágrimas.
-Hola, Sarah. – Respondió.
-¿Dónde estás? – Pregunté.
-En casa, ayer me dieron el alta. – Aclaró.
¿Por qué no me había llamado desde que le dieron el alta? Y en el
hospital, ¿no había podido llamarme?
-¿Por qué no me has avisado? – Le reproché casi llorando.
-Por la misma razón por la que no quisiste verme en un tiempo.
-¿Cómo estás tan seguro? – Le respondí fríamente.
-Porque lo oigo en tu voz. – Contestó. – Quisiste hacer una prueba para
saber el tiempo que podías estar sin mí.
-¿Y tú? – Le pregunté.
-Yo hubiese aguantado más, pero no quise castigarme sin verte. Sin embargo
tuve curiosidad por ver tu reacción.
La inteligencia de Jack me sorprendió de nuevo. De repente me colgó.
-Prefiero hablar contigo en persona. – Sonrió desde la calle, mirando
hacia mi ventana que estaba abierta.
Salí corriendo de casa. Mis padres estaban en el hospital, como de
costumbre. Le abracé lo más fuerte que pude, ocultando los ojos que tenía de
llorar.
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