Me resultaba extraño que un chico me fuera a buscar para
dar una vuelta por la noche.
Caminamos en silencio hasta que llegamos al pie de las
escaleras que subían al castillo. Jack no era de aquí, ¿cómo se conocía tan
bien la ciudad? ¿Cuándo había llegado? Y lo que era peor: ¿cuándo se iría?
No era un buen momento para preguntárselo. Prefería averiguarlo mediante otros
métodos menos directos.
-¿Te hace subir?- Me preguntó Jack.
-Está bien. Me gusta la oscuridad.
-Tenemos más en común de lo que piensas.-Sonrió Jack.
No era cierto; lo sabía.
El castillo estaba oscuro y las escasas farolas creaban un
ambiente misterioso. Me encantaba la noche. Subimos hasta el parque que rodeaba
el castillo y nos sentamos en un banco. Sumidos en la oscuridad y únicamente
observados por las aves nocturnas, empezamos a acariciarnos con suma
delicadeza.
-Sé que no soy muy abierto, y que hay cosas que no te
gustan de mí. Pero tú, sin embargo, eres la mujer perfecta para mí.
Jack me dejó sin palabras. Su argumento era sincero, tan
sincero que me llegó hasta el corazón y se me heló el resto del cuerpo.
-Jack, yo te quiero. Pero hay cosas que desde el primer
momento me han parecido demasiado ficticias, y supongo que a ti también aunque
parezca que no te des cuenta. – le respondí.
Necesitaba por fin exponer mis conclusiones, aunque solo
fuera parte de ellas.
-¿Qué ocurre?
-Te creo cuando me dices que me quieres, pero no puedo
evitar pensar en que tal vez Marga y Stef no reciban el mismo afecto, Jack, y
sabes que tus amigos son los primeros implicados en ello. Sé que cada uno
prefiere un tipo de relación, más o menos estrecha, pero yo sé cómo son ellas y
me preocupan. Dame una respuesta, Jack. –Por fin me desahogué.
-Sólo te voy a decir una cosa, Sarah: yo no tengo nada que
ver con los sentimientos de Marc y de Thomas; yo fui el primero que propuse
acercarnos a vosotras y solo sé que estoy realmente enamorado de ti y que jamás
diría esto si no lo sintiera de verdad. Piensa por una vez solo en ti misma.
-De acuerdo. – Cerré los ojos y dejé que me besara.
El tiempo se paró y dejé de pensar en todo cuanto no
tuviera que ver con él. Perdí la noción del tiempo y, por lo que pude comprobar
cuando amaneció al día siguiente, había caído dormida en sus brazos, y él me
había dejado cuidadosamente reposando sobre el banco, pues cuando me desperté
ya se había ido. “Cabrón”, pensé. No era la primera vez que lo hacía.
Lo primero que hice al despertarme fue cerciorarme de que
tenía todo lo que había traído conmigo. Una vez tranquila, entré a la cafetería
del parque del castillo, me pedí un café y aproveché para asearme en el baño.
Tenía unas ojeras terribles y la tez completamente pálida. Habría jurado que
Jack era un vampiro y me había chupado la sangre.
Tardé tres cuartos de hora en llegar a casa. Cuando entré,
mi madre se extrañó de verme, pero en su cara no había rastro de
preocupación. La verdad, con el tiempo
aprendí a no preocuparme por ellos, igual que ellos no se preocupaban por mí.
Si hubiesen querido ya me habrían llamado al móvil. No había rastro de llamadas
perdidas.
Dudé un momento en el recibidor y creí que no valía la pena
quedarme más en casa. Me di media vuelta y le cerré a mi madre la puerta en las
narices. Dentro de dos semanas empezaban de nuevo las clases pero hasta
entonces quería divertirme un poco. Llamé a Marisa por teléfono y le pregunté
si le gustó la vuelta que nos dio Jack en coche el otro día.
-¡Claro! Pensaba que a ti no te gustó. – Me respondió.
-Tenía el estómago revuelto. – Mentí sin saber por qué.
-Ah. Si quieres puedo decírselo a Thomas, a él también le
pirran las carreras de coches.
-Perfecto. ¿Te importa que me lo traiga?
-En absoluto. ¿A qué hora te viene bien?- Me preguntó.
-No tengo nada que hacer. –Fui sincera.
Marga me recogió en la cafetería veinte minutos después,
junto con Jack y Thomas. Como ellas habían planeado, Thomas se sentaba al
volante. Thomas me guiñó un ojo y Marga me dio dos besos. Jack simplemente me
miró de arriba abajo, y sonrió al ver el aspecto que tenía. Nunca me había
preocupado mucho por mi apariencia, pero la verdad es que cualquiera diría, y
no sin razón, que había pasado la noche en la calle.
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