jueves, 28 de marzo de 2013

20


Entré en casa sin hacer ruido y cogí algo del frigorífico. Hacía días que no me sentaba a la mesa a comer. Subí a la habitación, le pegué un mordisco a lo que fuera que estuviera comiendo y abrí la ventana; me gustaba que la noche entrara en el cuarto.
Aquella noche soñé demasiado como para recordarlo. Me levanté a las cuatro de la madrugada con una resaca psicológica y un vago recuerdo de historias sin sentido, fruto de mi imaginación. Ni puta idea de qué día era.
Pasó despacio el tiempo hasta que mi padre, al ver que estaba en las nubes, me recordó que habíamos quedado en partir al día siguiente. En ese momento me di cuenta de que quería hacer demasiadas cosas antes de irme. Decidí mandar todas a la mierda excepto una: despedirme de Jack…
Estaba pensando en él cuando apareció por mi calle; lo vi desde la ventana. “Jack, siempre tan oportuno”, pensé.
-Sarah. – Me dijo desde abajo.
-Ahora mismo me tiro por la ventana.- Le dije, en tono dramático.
Bajé en pijama y le abracé, acariciándole la nuca revolviéndole el pelo.
-Me voy por Stef; no quiero dejarla sola. – Le expliqué.
-No puedes dejar la carrera, Sarah; no quiero estropearte tus planes y tu futuro. – Me dijo.
-¿Por qué no te vienes?
-Porque no puedo vivir con la persona a la que amo, porque entonces no la dejaría vivir a ella.
Pensé que era una excusa. Sin embargo, yo también había pensado muchas veces que no quería vivir siempre con un amante; pero no por la misma razón que por la de Jack, sino porque tarde o temprano dejaría de quererle o él a mí y tal vez no hubiera nada después de eso, y no soportaría vivir con alguien por quien no sintiera nada más. Sin embargo, tampoco quería vivir sola, así que supongo que elegiría vivir con una buena amiga, que durara para siempre. Y esa amiga podía ser Stef.
Pasé el rato con él, en silencio. No quise despedirme, pero él sabía lo que diría en tal caso. Su último gesto fue una caricia en la mejilla.
-Ten por seguro que me verás, y que te llamaré al menos media hora cada día; lo prometo.- Me dijo.
Hice todo lo posible por olvidarle. Al día siguiente me despedí de mi madre y de mi abuela más seriamente –pues quizá no la volviese a ver- y me subí al coche con mi padre.
Tras dos horas de viaje por una febril autopista decidí continuar aquel diario que estaba publicando en mi blog. Había, al final de la página, un pequeño comentario que decía “mi vida empezó también aquel día”. Era de Jack, por supuesto. Apenas me acordaba de lo sucedido hasta que le puse empeño y empecé a recordar con detalle cada día, resumiéndolos sin compasión.
Stef aún no había llegado. Habíamos quedado en media hora en la puerta del piso con la propietaria, que no tenía a quién más alquilarlo y por eso se ofrecía a guardárnoslo en verano. La dueña del piso era una mujer de mediana edad, simpática y práctica. Le pagábamos por adelantado en efectivo y ella nos proporcionaba la llave con toda confianza.

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