Entré en casa sin hacer ruido y cogí
algo del frigorífico. Hacía días que no me sentaba a la mesa a comer. Subí a la
habitación, le pegué un mordisco a lo que fuera que estuviera comiendo y abrí
la ventana; me gustaba que la noche entrara en el cuarto.
Aquella noche soñé demasiado como
para recordarlo. Me levanté a las cuatro de la madrugada con una resaca
psicológica y un vago recuerdo de historias sin sentido, fruto de mi
imaginación. Ni puta idea de qué día era.
Pasó despacio el tiempo hasta
que mi padre, al ver que estaba en las nubes, me recordó que habíamos quedado
en partir al día siguiente. En ese momento me di cuenta de que quería hacer demasiadas
cosas antes de irme. Decidí mandar todas a la mierda excepto una: despedirme de
Jack…
Estaba pensando en él cuando
apareció por mi calle; lo vi desde la ventana. “Jack, siempre tan oportuno”,
pensé.
-Sarah. – Me dijo desde abajo.
-Ahora mismo me tiro por la
ventana.- Le dije, en tono dramático.
Bajé en pijama y le abracé,
acariciándole la nuca revolviéndole el pelo.
-Me voy por Stef; no quiero
dejarla sola. – Le expliqué.
-No puedes dejar la carrera,
Sarah; no quiero estropearte tus planes y tu futuro. – Me dijo.
-¿Por qué no te vienes?
-Porque no puedo vivir con la
persona a la que amo, porque entonces no la dejaría vivir a ella.
Pensé que era una excusa. Sin
embargo, yo también había pensado muchas veces que no quería vivir siempre con
un amante; pero no por la misma razón que por la de Jack, sino porque tarde o
temprano dejaría de quererle o él a mí y tal vez no hubiera nada después de
eso, y no soportaría vivir con alguien por quien no sintiera nada más. Sin
embargo, tampoco quería vivir sola, así que supongo que elegiría vivir con una
buena amiga, que durara para siempre. Y esa amiga podía ser Stef.
Pasé el rato con él, en silencio.
No quise despedirme, pero él sabía lo que diría en tal caso. Su último gesto
fue una caricia en la mejilla.
-Ten por seguro que me verás, y
que te llamaré al menos media hora cada día; lo prometo.- Me dijo.
Hice todo lo posible por
olvidarle. Al día siguiente me despedí de mi madre y de mi abuela más
seriamente –pues quizá no la volviese a ver- y me subí al coche con mi padre.
Tras dos horas de viaje por una
febril autopista decidí continuar aquel diario que estaba publicando en mi
blog. Había, al final de la página, un pequeño comentario que decía “mi vida
empezó también aquel día”. Era de Jack, por supuesto. Apenas me acordaba de lo
sucedido hasta que le puse empeño y empecé a recordar con detalle cada día,
resumiéndolos sin compasión.
Stef aún no había llegado. Habíamos
quedado en media hora en la puerta del piso con la propietaria, que no tenía a
quién más alquilarlo y por eso se ofrecía a guardárnoslo en verano. La dueña
del piso era una mujer de mediana edad, simpática y práctica. Le pagábamos por
adelantado en efectivo y ella nos proporcionaba la llave con toda confianza.
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