Desde el primer curso ya
teníamos localizados todos los establecimientos de comida rápida de la zona. El
más cercano, en la misma calle, era el kebab. Dos calles a la derecha más
adelante había una hamburguesería bastante concurrido que no solíamos
frecuentar mucho, a no ser que fuéramos con más gente. Un poco más allá había una
pizzería y una bocatería.
Nuestra dieta se basaba en
comida basura, excepto cuando Marga decidía cocinar, los días que no estábamos
de exámenes. Al medio día comíamos en la universidad a base de macarrones,
guisantes, ensalada y filetes de ternera empanados. “Oh maravilloso y variado
menú”.
Estaba introduciendo la llave en
la cerradura de la puerta de casa cuando Jack me llamó al móvil. Me pegué tal
susto por la vibración del móvil que mi preciado kebab se me resbaló de la mano
izquierda y se estampó contra el suelo, con un “plof” inminente.
Stef se estuvo riendo de mí
durante un buen rato, y sin embargo, me dio tiempo a coger la llamada.
-¿Sí?- Dije, nerviosa perdida.
-Sarah, ¿estás bien? –
Indudablemente era Jack. ¿Por qué empezaba así la conversación? ¿Por qué no iba
al grano?
-Claro, ¿y tú? ¿Dónde estás? –
Fue mi primer impulso.
-En tu pueblo – Hizo una breve
pausa y se rió. – Me lo paso bien aquí, acabo de conocer a tus padres y les
echo una partida de póker por las tardes… - Dijo irónicamente.
-Seguro… seguro que les encanta
pasar el rato contigo, sobre todo si les has contado que estuvimos juntos. – Le
seguí el juego.
-Y lo estamos. Me refiero a que,
aunque no estemos literalmente juntos… me entiendes, ¿no?
-De acuerdo. – Dije, no del todo
convencida.
- No te gusta mi humor, lo entiendo.
– Jack adoptó un tono de voz más serio, sin llegar a ser preocupante en él.
De repente, dejé de mirar las
escaleras y observé que Stef había entrado en casa y me había dejado la puerta
abierta para que pasara. Yo me había quedado en el rellano atontada por la
reverberación de mi voz en las escaleras. Decidí entrar en casa.
-Sarah, ¿qué estás haciendo? –
Rió Jack.
No sabía si había seguido
hablando o había estado callado en ese momento de confusión mental.
-Oh, nada, poner mi mente en
blanco durante un instante.
-Me encantas. – Me dijo. –Mañana
te llamo si quieres, te dejo en paz.
-Lo que quieras, Jack. Llámame
un poco antes, si puedes.
-De acuerdo. Sarah…
-Dime.
-Te quiero, mucho.
Respondí algo y colgué porque me
entraba una nostalgia desagradable.
Stef me miraba como diciendo,
“tu novio te quita el hambre, ¿o qué?”.
-No creo que mi kebab haya
quedado en buen estado… - Le recordé.
-Qué más da, Sarah, cómetelo,
por favor, que me da pena verte así de parada.
Cogí la masa pringosa envuelta
en papel del suelo y me la comí sin pensar en nada, pues la verdad es que no
era demasiado escrupulosa para eso.
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