jueves, 28 de marzo de 2013

22


Desde el primer curso ya teníamos localizados todos los establecimientos de comida rápida de la zona. El más cercano, en la misma calle, era el kebab. Dos calles a la derecha más adelante había una hamburguesería bastante concurrido que no solíamos frecuentar mucho, a no ser que fuéramos con más gente. Un poco más allá había una pizzería y una bocatería.
Nuestra dieta se basaba en comida basura, excepto cuando Marga decidía cocinar, los días que no estábamos de exámenes. Al medio día comíamos en la universidad a base de macarrones, guisantes, ensalada y filetes de ternera empanados. “Oh maravilloso y variado menú”.
Estaba introduciendo la llave en la cerradura de la puerta de casa cuando Jack me llamó al móvil. Me pegué tal susto por la vibración del móvil que mi preciado kebab se me resbaló de la mano izquierda y se estampó contra el suelo, con un “plof” inminente.
Stef se estuvo riendo de mí durante un buen rato, y sin embargo, me dio tiempo a coger la llamada.
-¿Sí?- Dije, nerviosa perdida.
-Sarah, ¿estás bien? – Indudablemente era Jack. ¿Por qué empezaba así la conversación? ¿Por qué no iba al grano?
-Claro, ¿y tú? ¿Dónde estás? – Fue mi primer impulso.
-En tu pueblo – Hizo una breve pausa y se rió. – Me lo paso bien aquí, acabo de conocer a tus padres y les echo una partida de póker por las tardes… - Dijo irónicamente.
-Seguro… seguro que les encanta pasar el rato contigo, sobre todo si les has contado que estuvimos juntos. – Le seguí el juego.
-Y lo estamos. Me refiero a que, aunque no estemos literalmente juntos… me entiendes, ¿no?
-De acuerdo. – Dije, no del todo convencida.
- No te gusta mi humor, lo entiendo. – Jack adoptó un tono de voz más serio, sin llegar a ser preocupante en él.
De repente, dejé de mirar las escaleras y observé que Stef había entrado en casa y me había dejado la puerta abierta para que pasara. Yo me había quedado en el rellano atontada por la reverberación de mi voz en las escaleras. Decidí entrar en casa.
-Sarah, ¿qué estás haciendo? – Rió Jack.
No sabía si había seguido hablando o había estado callado en ese momento de confusión mental.
-Oh, nada, poner mi mente en blanco durante un instante.
-Me encantas. – Me dijo. –Mañana te llamo si quieres, te dejo en paz.
-Lo que quieras, Jack. Llámame un poco antes, si puedes.
-De acuerdo. Sarah…
-Dime.
-Te quiero, mucho.
Respondí algo y colgué porque me entraba una nostalgia desagradable.
Stef me miraba como diciendo, “tu novio te quita el hambre, ¿o qué?”.
-No creo que mi kebab haya quedado en buen estado… - Le recordé.
-Qué más da, Sarah, cómetelo, por favor, que me da pena verte así de parada.
Cogí la masa pringosa envuelta en papel del suelo y me la comí sin pensar en nada, pues la verdad es que no era demasiado escrupulosa para eso.

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