Mi padre ya se había ido cuando
Stef llamó al timbre del portal.
-Siento el retraso. – Contestó
Stef. – Mi madre estaba cabreada conmigo y…
-No pasa nada, sube. – Le corté.
Cuando la vi me entraron ganas
de darle un abrazo. Stef estaba más delgada que de costumbre. Sus grandes ojos
negros estaban ojerosos y su rostro más pálido que de costumbre. Stef había
roto definitivamente con Marc.
-A mí Jack me hace olvidarme del
resto de la gente; y no te creas que me gusta. – Comenté.- Hace siglos que no
veo a Matt y no me pude despedir de él. Apenas me despedí de Marga.
-Sé que es cruel, pero añoraría
tener ese sentimiento, Sarah…
-No sufras. – Le dije,
cogiéndola por la espalda.
-Marc nunca ha sentido nada,
Sarah, nada. Al principio lo obviaba; después empecé a darme pena y a
compadecerme de mí misma y de ahí no pude salir. La excusa para dejarme fue que
ya no era alegre como al principio, que había perdido las ganas de estar con él
y con la gente, que parecía desconsolada y amargada en todo momento y que por
eso no era agradable estar conmigo. ¿Cómo quiere que me sienta ahora? ¿No era
capaz de entender que todo ese malestar que tanto repudiaba me lo creó él? – Me
miró, desconsolada.
-Las personas vamos siempre
buscando nuestro objetivo por lo fácil, Stef; a veces somos ciegas y siempre
ignorantes. No le des más vueltas, Marc no es una excepción.
-¿Jack sí?- Fue una pregunta
inesperada.
-No, Jack tampoco lo es. Pero lo
oculta. Estoy segura de que Jack oculta su verdadera voluntad, porque no tengo
ni idea de cuál es.
-Creo que su voluntad eres tú, y
que es sincero en eso, Sarah.
-No lo sé, Stef…
La conversación se había vuelto
un tanto filosófica, lo cual me hacía sentir una ligera sensación de mareo;
odiaba buscarles sentido a las cosas, y sin embargo lo hacía bastante
frecuentemente.
La tarde fue tediosa y larga.
Como siempre, tuvimos problemas con la red WiFi que propusimos instalar en el
apartamento. Stef, que era ordenada y limpia, pasó dos horas limpiando el polvo
de las estanterías y fregando el suelo.
El piso era pequeño. De hecho,
las tres solíamos compartir habitación, pues había dos camas y un sofá bastante
cómodo. El baño era diminuto y los muebles estaban medio podridos por el agua,
pero no necesitábamos algo mejor. La cocina, bueno, no la utilizábamos mucho
porque solíamos encargar comida ya hecha y comerla en la habitación, así que
apenas le prestábamos atención.
Comprobamos que todos los
electrodomésticos funcionaban y salimos a comprar hojas para los apuntes y algo
de comida. Stef se decidió por un kebab. Yo acepté encantada; adoraba el kebab
y tenía un hambre de mil demonios.
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