jueves, 28 de marzo de 2013

21


Mi padre ya se había ido cuando Stef llamó al timbre del portal.
-Siento el retraso. – Contestó Stef. – Mi madre estaba cabreada conmigo y…
-No pasa nada, sube. – Le corté.
Cuando la vi me entraron ganas de darle un abrazo. Stef estaba más delgada que de costumbre. Sus grandes ojos negros estaban ojerosos y su rostro más pálido que de costumbre. Stef había roto definitivamente con Marc.
-A mí Jack me hace olvidarme del resto de la gente; y no te creas que me gusta. – Comenté.- Hace siglos que no veo a Matt y no me pude despedir de él. Apenas me despedí de Marga.
-Sé que es cruel, pero añoraría tener ese sentimiento, Sarah…
-No sufras. – Le dije, cogiéndola por la espalda.
-Marc nunca ha sentido nada, Sarah, nada. Al principio lo obviaba; después empecé a darme pena y a compadecerme de mí misma y de ahí no pude salir. La excusa para dejarme fue que ya no era alegre como al principio, que había perdido las ganas de estar con él y con la gente, que parecía desconsolada y amargada en todo momento y que por eso no era agradable estar conmigo. ¿Cómo quiere que me sienta ahora? ¿No era capaz de entender que todo ese malestar que tanto repudiaba me lo creó él? – Me miró, desconsolada.
-Las personas vamos siempre buscando nuestro objetivo por lo fácil, Stef; a veces somos ciegas y siempre ignorantes. No le des más vueltas, Marc no es una excepción.
-¿Jack sí?- Fue una pregunta inesperada.
-No, Jack tampoco lo es. Pero lo oculta. Estoy segura de que Jack oculta su verdadera voluntad, porque no tengo ni idea de cuál es.
-Creo que su voluntad eres tú, y que es sincero en eso, Sarah.
-No lo sé, Stef…
La conversación se había vuelto un tanto filosófica, lo cual me hacía sentir una ligera sensación de mareo; odiaba buscarles sentido a las cosas, y sin embargo lo hacía bastante frecuentemente.
La tarde fue tediosa y larga. Como siempre, tuvimos problemas con la red WiFi que propusimos instalar en el apartamento. Stef, que era ordenada y limpia, pasó dos horas limpiando el polvo de las estanterías y fregando el suelo.
El piso era pequeño. De hecho, las tres solíamos compartir habitación, pues había dos camas y un sofá bastante cómodo. El baño era diminuto y los muebles estaban medio podridos por el agua, pero no necesitábamos algo mejor. La cocina, bueno, no la utilizábamos mucho porque solíamos encargar comida ya hecha y comerla en la habitación, así que apenas le prestábamos atención.
Comprobamos que todos los electrodomésticos funcionaban y salimos a comprar hojas para los apuntes y algo de comida. Stef se decidió por un kebab. Yo acepté encantada; adoraba el kebab y tenía un hambre de mil demonios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario