sábado, 8 de diciembre de 2012

19


Un golpe seco en la puerta me sacó del atolladero de pensamientos. La puerta se abrió bruscamente antes de que me diera cuenta. Mi padre entró en la habitación.
-Sarah, empiezas el lunes que viene, ve haciendo las maletas; el sábado te llevo para allá. – Cerró y se fue.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Deseé no haber conocido a Jack, al menos no durante la carrera. Esa misma noche decidí quedarme con Jack; si él se negaba a venir conmigo, estaría dispuesta a vivir aquí con él, escondida de mis padres hasta que me hartara de ellos y les diera una ingrata sorpresa.
No hay ninguna decisión incorrecta, quizá porque tampoco hay ninguna correcta.
Pasé la noche haciendo las maletas para mudarme a casa de Jack. Quizá no volvería en un tiempo, pues mi padre se había comprometido a llevarme y saber que me había escapado de casa le pondría furioso. Entonces me di cuenta de que no sabía que hacer con Stef, no podía dejarla sola en el piso.
La llamé esa noche y la obligué a salir de casa. Cuando hablé con ella me dio la sensación de escuchar un sollozo, pero no pude distinguir si lloraba. Quedé con ella que saldría a portal a las dos y cuarto, y que allí me esperaría para hablar con ella.
-Hola. –Me saludó.
Ahora resultaba evidente que Stef había estado llorando; tenía las cuencas de los ojos rojas y las pestañas húmedas.
-¿Te pasa algo? – Pregunté, por no ser muy explícita.
-No sé, Sarah. Creo que Matt y yo hemos roto. Hace tiempo que no hablo con él; parece que ninguno sabe cuándo empezamos a distanciarnos, no sé. – Explicó de malas maneras.
-¿Hasta qué punto le quieres? – Pregunté.
-No sé, Sarah, no es que me haya enamorado de él, solo echo en falta su compañía. – Respondió. – Pero a él parece no importare. Por eso, tengo unas ganas infinitas de salir de aquí y olvidarme de él.
Me quedé helada, sin saber qué decir, pero preferí no mencionar a Jack. La idea de dejar la carrera y a Stef era en sí una locura, aunque lo deseara con todo mi ser.
-¿En qué piensas? – Me preguntó.
-Que yo también le voy a echar de menos. – Me sincere.
-¿A Jack? – Preguntó.
“Sí, a Jack”, pensé.
-Sí, a Jack y a Marga. – Dije.
No, Stef no tenía noticias de Marga. Quizá Marga solo me hubiera llamado a mí porque necesitaba desahogarse con alguien y decidió aleatoriamente que lo haría conmigo por no repetir la noticia una segunda vez. Stef no tenía más ganas de llorar, supuse, por lo que se quedó callada y se sentó en el bordillo.
-¿Estás pensando irte tú también? – Me dijo. - ¿A Dinamarca?
-No, no voy a dejarlo todo por alguien a quien acabo de conocer. – Mentí.
-Yo no voy a decirte nada, puedes hacer lo que quieras.
Pensé en mi estúpido plan y dejé de darle vueltas, no podía quedarme. De todas formas, nada podría separarme de Jack. Lo único que podría perjudicarme era el continuo pensar en él.
Le di un fuerte abrazo a Stef y le prometí estar siempre con ella. Era lo que tocaba decir. Ese día me sentí una impostora, muy lejos de ser yo misma. Pero, ¿qué más daba? Siempre era mejor mentir para hacer bien a los demás que expresar la verdad y clavarles una navajita en el costado.

18


El tiempo pasaba y en una semana volvería al piso en la ciudad para retomar las clases. Al menos Stef y Marga estarían ahí para consolarme, pero, ¿eran capaces de dejar su relación con sus respectivos novios? Me imaginé que cada una traía al suyo al piso. ¿De qué vivían Jack, Thomas y Marc? Al fin y al cabo, ellos tres no eran más que unos turistas por un tiempo y un día volverían a su país a trabajar o a estudiar. En ese momento Jack me llamó.
-Sarah, ¿puedo verte en media hora? Te espero en el Dry Coffe. – Y acto seguido colgó.
Tres o cuatro segundos más tarde me levanté de dondequiera que estuviera y me dispuse a cambiarme. Hacía unos cuantos días que no salía de casa por pereza. Tampoco me aseaba ni me duchaba desde hacía tres o cuatro días pues pensé que no tenía sentido si sabía que iba a pasar el día metida en mi habitación, y que en ella no había nadie que reparara en mi olor. Ese día intenté olvidarme de todo aquello que no me dejó vivir con normalidad durante este tiempo, pues Jack seguía ahí.
Treintaicinco minutos más tarde – aquella fue la primera vez que fui impuntual en toda mi vida- estaba abajo en la cafetería. Jack, que siempre llegaba en el minuto exacto, llevaría cinco minutos esperándome pacientemente.
-Hola, Sarah. – Jack me dio dos besos en l mejilla.
-¿Qué ocurre, Jack? – Me temí lo peor.
-Nada malo, Sarah. Te quiero igual aunque no nos veamos tan frecuentemente. – me aseguró.
Hubo un pequeño silencio, pues no sabía si creer o no sus palabras. El amor era muy relativo. Tampoco sabía qué era lo que Jack sentía por mí. Sin embargo, yo tenía claro que Jack, además de atraerme físicamente me seducía su forma de pensar, su frialdad, su sinceridad más pura… Había muchas cosas que me gustaban de él que me envolvían y no me dejaban salir al exterior. Me refiero a que Jack me tapaba el resto de cosas pues nada más que él me importaba. A veces cuando estás enamorada dices cosas sin sentido.
-Quería decirte que estos días estuve hablando con Thomas y Marc sobre nuestro futuro. No quise decirte nada antes de estar seguro. – Hizo una pausa, esperando a que dijera algo. Como no lo hice, prosiguió: - Verás, yo no tengo un trabajo fijo. Thomas, Marc y yo tenemos una especie de negocio que podríamos continuar aquí o en Dinamarca, eso no importa, si es lo que estabas pensando.
Creo que Jack nunca había hablado tanto seguido.
-¿Qué sucede, entonces? – Pregunté.
-Se suponía que este era un viaje de vacaciones, improvisado, aunque yo venía con la única intención que ya conoces. No tenía ni idea de lo que iba a hacer, pero ahora sé que quiero estar contigo, donde sea. Sin embargo, Thomas me ha contado que las tres vivís en un piso fuera, que estáis estudiando; Sarah, quizá no debería distraerte durante el curso.
-No, Jack, quiero estar contigo, no te vayas. – Respondí.
-Tengo la sensación de que Thomas y Marc no están del todo a gusto aquí, pero eso no me importa, pues el negocio podría continuar por internet. – Explicó Jack.
-¿Y bien? ¿Qué es lo que piensas hacer? – Pregunté con frialdad.
-Quizá me quede aquí, en tu pueblo, y te espere cuando puedas venir… Pero no quiero que pienses en mí mientras no estés conmigo, pues intento dejarte libertad para que termines tus estudios. – Aclaró Jack.
Sus palabras parecían una excusa para separarse de mí, pero en el fondo yo sabía que lo hacía por mi bien.
-¿Y Marc y Thomas? – Pregunté. - ¿Se quedarían contigo?
-Eso no puedo asegurártelo. – Respondió.
-Ya, entiendo. Sin embargo, creo que ellas dos estarían dispuestas a irse a Dinamarca. En el fondo también me importan mis amigas, Jack. – Le dije.
-Quizás no seas tú la que debas hablar con ellas, sino Marc y Thomas. Yo tampoco puedo hacer nada. – Se lamentó Jack.
Nos despedimos y quedamos en que nos veríamos cada vez que volviese al pueblo.
Por la tarde me llamó Marga. No me dijo nada de quedar, solo quería hablar conmigo y confesó que prefería hacerlo por teléfono. Me dijo que se marchaba a Dinamarca, que dejaba los estudios y que tenía miedo de contárselo a sus padres, por eso lo hacía en secreto. Opté por decirle que fuese feliz junto a Marc, y que le echaría de menos. Me preguntó si iba a seguir con la carrera y con Jack, y si sabía algo de Stef. Pensé que Marga y Stef hablaban entre ellas más que yo lo hacía con ninguna de las dos, pero no era así; desde aquella tarde en la piscina cada una había seguido un camino distinto. Le propuse quedar cuando estuviese mejor para despedirme de ella.
Demasiada información para un día. Supuse que Stef estaba bien. Jack me envió un mensaje diciéndome que “Marc se queda conmigo, te quiero”.
Desde hacía un par de semanas, cada noche dormía menos, hasta el punto de creerme vampiro. Había luna llena y una pequeña estrella le acompañaba, sonriente. Las nubes pasaban ágilmente bajo ellas, me recordaron al mar. A veces soñaba con ser tragada por un agujero negro y otras con caer al vacío y sentir cómo mi cuerpo se deshacía por la ausencia de gravedad. Me vi sola, aturdida, perdida en mis estudios y con el fiambre de Stef siguiéndome a todas partes como un cadáver. Las clases en la universidad me venían grandes, y el piso se convertía en un paraje hostil donde siempre era invierno debido a que mis padres no me daban dinero suficiente para pagar la calefacción. Pronto llegó el día en que me vi acorralada en mi habitación, pues no había espacio suficiente para los apuntes. Al día siguiente tiré el armario por la ventana…

17


Jack sonrió y me llevó agarrada de su mano hasta su casa provisional. Fingí no haberla visto nunca. Me dejé guiar hasta su dormitorio y él me dejó caer en la cama. Entonces apoyó las manos a ambos lados de mi cadera y se sostuvo a dos palmos por encima de mí, mirándome fijamente. De pronto, Jack se deslizó como una serpiente hasta su presa y me mordió en el labio. Los momentos siguientes encadenaron una guerra de ataques seductores. Dos horas más tarde acabamos magullados y malheridos el uno junto al otro. La ropa de Jack se perdió entre las sábanas al igual que mi consciencia. Sin embargo, me negué a dar un paso más para comprobar si Jack era capaz de respetar mi decisión, y así lo hizo. Jack me demostró que mi voluntad era tan si no más primordial que la suya.
-¿Todo bien?- Preguntó Jack.
-Sí, todo bien. – Le respondí, exhausta.
Jack se vistió y me indicó con la cabeza que le acompañara.
-He de irme, Sarah. Puedes quedarte aquí si quieres; cuando te vayas cierra la puerta. – Jack me entregó las llaves de su casa y con ellas un voto de confianza.
-Gracias, Jack. – Respondí. – Pero me iré ahora a casa. – Le entregué las llaves.
Jack me cerró la mano con las llaves dentro y me dijo que esa era mi casa. Poco después me dí cuenta de que también era la casa de Thomas y Matt, pero para entonces ya era demasiado tarde; Jack se había ido. No me había atrevido a preguntarle o tal vez ni siquiera tuve tiempo para formularle la pregunta antes de que se fuera. "Mierda", pensé.
Volví al mundo al cabo de cinco minutos. El camino de vuelta a casa se me hacía eterno y el viento en contra me helaba los huesos. “Qué irónico que, cuando Jack no está, tenga esta sensación de frío, siendo él la persona más distante y fría que conocía”, pensé.
Al ver el castillo pensé que las vistas a esas horas serían preciosas. No obstante, opté por volver a casa y acompañar a mi madre que últimamente se pasaba las noches en vela. Quise mirar la hora pero encontré la muñeca vacía. “¡Mierda!”. No tenía ni idea de lo que podría haber hecho con el reloj; juraría que lo llevaba al salir de casa, pero hacía ya tanto… “Me lo habré dejado en la cafetería mientras jugaba con él”, medité.
Antes de entrar en casa pasé por el Dry Coffee Snack Bar y le pregunté al camarero si lo había visto. El pobre chico negó con cara de asustado -debí de hacer demasiados aspavientos-, se disculpó y siguió limpiando la pegajosa sustancia que cubría las mesas. Inconformista como soy, opté por preguntar al resto de personal. Tres cuartos de hora más tarde -lo supe gracias al reloj del establecimiento- regresé a casa con las manos vacías.
Y a partir de entonces volvió mi tediosa vida rutinaria, aquella en la que Jack no existía y que la salud de mi abuela era lo único en lo que debía pensar; de lo contrario todo lo que hiciera no sería bien visto. Jack me llamaba una vez cada dos días para decirme que me quería, pero que no tenía tiempo para verme.
En el blog ya nadie comentaba, lo cual tampoco me extrañaba mucho debido a que no había continuado mi diario ni siquiera pensado cualquier otro tema sobre el que escribir.

16


-Creo que si no me hubieras llamado en dos días me habría muerto de tristeza. – Me dijo, sonriendo.
-Te quiero tanto… - Le dije sin hacerle caso.
Esperé un beso, pero lo único que hizo Jack fue pasarme un mechón de pelo por detrás de la oreja y mirarme fijamente como quien mira a un pez fuera del agua. Creo que se dio cuenta de que había estado llorando. No obstante, Jack no quiso decir nada al respecto. Jamás pensé que un estúpido amor de verano provocara mis lágrimas, tan escasas siempre. Me cogió de la cintura y me guió andando hasta la cafetería de enfrente. Ignoraba la hora que era. Jack me preguntó si me parecía bien ese sitio para hablar y le dije que sí, pues era el establecimiento más tranquila que conocía. De hecho, odiaba los sitios en los que hubiera demasiada gente, al contrario que Marga. Desconocía la opinión de Stef.
-Jack. – Le dije. – Siempre me he preguntado… ¿cuánto hace que me conoces? Sé que parece tonto, pero aquel día en la piscina tuve la sensación de que te conocía desde hacía tiempo.
Jack sonrió, sincero, cálido.
-Es cierto, tú y yo nos conocemos desde hace más, mucho más tiempo que lo que llevamos saliendo. – Hizo una pausa. - ¿Crees que podrías decirme desde cuándo?
-No lo sé. No tengo la menor idea. – Respondí.
-Puedo jurarte que en cierto modo me enamoré de ti antes de conocerte en persona. ¿Ya sabes a lo que me refiero?- Hizo una pausa, yo negué con la cabeza y él continuó.- Recuerdo el día en que estaba deambulando por internet, cuando vi tu blog. No recuerdo cómo te encontré, pero al poco tiempo fui enganchándome a ellos hasta el punto de ser adicto a tu lectura. Vivía una utopía de pensamientos obscenos que mezclaban mi realidad con tus relatos, imaginándome que tú y yo éramos los protagonistas de tus cuentos.
-¿Acaso eras tú el que me escribía en todas las entradas...?- Reflexioné sobre ello.- Oh, quizás yo no lo hubiera pensado así; quiero decir, yo apreciaba mucho tus comentarios, pero nunca llegué a enamorarme de ese Jack, me enamoré del de verdad.
-Te entiendo. Sarah, lo que ahora importa es que te he encontrado y que tú me has devuelto ese amor. – Me miró a los ojos.
-Jack… ¿por qué razón te paraste a ver mi blog?
-No lo sé, de verdad. Recuerdo que estaba leyendo algo y cuando lo acabé sentí la necesidad de leer algo similar.
-¿Similar a qué? – Pregunté. - ¿Qué fue lo primero que leíste?
-¿Qué importa? Me he leído todos tus relatos, Sarah, lo sé todo sobre tu vida y he buscado tu dirección por doquier hasta que la encontré donde fuera. – Exclamó, como si aún estuviera exhausto por su búsqueda.
-A veces me das miedo; si hubieses querido me podrías haber matado antes de siquiera conocerme. – Le dije.
-Todavía estoy a tiempo, ¿no crees? Aún no me conoces lo suficiente. – Me besó.
Ese beso duró tarde y media de placer y de éxtasis camuflado entre gemidos. Esa tarde le quise más que nunca y me culpo por decir esto, porque el amor es a veces demasiado material, tan físico.
Pero Jack hacía de las caricias promesas que susurraban. Sus besos eran eternos, dulces, fríos, pero sinceros. A veces me gustaba que Jack no fuera demasiado cariñoso porque cada vez que me abrazaba se convertía en un gesto especial. Yo nunca fui demasiado cariñosa, pero esa vez me entregué a él más de lo que nunca hubiera imaginado, pensando que ese amor sería el único que pudiera complacerme.
El beso romántico y sincero se tornó ardiente y desenfrenado. De repente, Jack paró, me cogió de la mano y me dijo tranquilamente:
-Mejor vamos a otro sitio.

15


Estuve una semana sin ver a Jack; supongo que fue el tiempo que estuvo en el hospital. De estar en casa me habría ido a buscar al menos una vez al día. La verdad es que pensé que le darían antes el alta, que no era tan grave.
Aproveché esos días para seguir con mi blog, que había abandonado desde principios de verano. En época de estudios aprovechaba el poco tiempo libre que me dejaba la universidad para escribir una especie de blog personal y de relatos. Me relajaba escribir y además me reconfortaba saber que había personas a las que le gustaban mis textos. Además, siempre había querido formar parte de algo similar a un club de opinión, en el que la gente hablara de algo que tuvieran en común. La idea de que se hablara de mis relatos me hacía aún más ilusión. A veces uno escribe cuando no le gusta su propia vida y se inventa otra que le gustaría tener, aunque también escribía sobre vidas tristes, y sobre mi propia vida. Un usuario que me seguía desde hacía tiempo había dejado un nuevo mensaje que aún no había leído. “Tus relatos me enamoran, pero tu presencia me excita”. ¿Quién era? Nunca hubiera pensado que alguna vez hubiese estado cara a cara con él, o con ella. Ese mensaje estaba al alcance de cualquier persona, lo cual me atemorizó. La fecha del mensaje era de hace unas dos semanas. Por otra parte, ¿era bueno o malo que mi presencia excitara a un desconocido?
Pero esos días no era capaz de escribir nada ocurrente. Tal vez si hubiese tenido algo a medias podría haberlo acabado, pero no supe hacer nada más que escribir una especie de diario. Sin embargo, eso no me llenaba igual que inventarme una historia nueva, creativa. Por eso dejé el diario aparcado y publiqué lo que había escrito para ver si causaba interés. Durante esos días, me fui dando cuenta de lo aburrida que era mi vida sin Jack... Me acordé también de que tenía otros amigos. Sin embargo, el hecho de haber dejado a Jack solo mientras se recuperaba del golpe remordía mi conciencia más que el haber abandonado al resto.
Llamé al móvil de Jack, impaciente por hablar con él.
-¡Jack! – Se me saltaban las lágrimas.
-Hola, Sarah. – Respondió.
-¿Dónde estás? – Pregunté.                    
-En casa, ayer me dieron el alta. – Aclaró.
¿Por qué no me había llamado desde que le dieron el alta? Y en el hospital, ¿no había podido llamarme?
-¿Por qué no me has avisado? – Le reproché casi llorando.
-Por la misma razón por la que no quisiste verme en un tiempo.
-¿Cómo estás tan seguro? – Le respondí fríamente.
-Porque lo oigo en tu voz. – Contestó. – Quisiste hacer una prueba para saber el tiempo que podías estar sin mí.
-¿Y tú? – Le pregunté.
-Yo hubiese aguantado más, pero no quise castigarme sin verte. Sin embargo tuve curiosidad por ver tu reacción.
La inteligencia de Jack me sorprendió de nuevo. De repente me colgó.
-Prefiero hablar contigo en persona. – Sonrió desde la calle, mirando hacia mi ventana que estaba abierta.
Salí corriendo de casa. Mis padres estaban en el hospital, como de costumbre. Le abracé lo más fuerte que pude, ocultando los ojos que tenía de llorar.

14


Entré sigilosamente en casa y pasé a la cocina para comer algo. Me encontré a mi madre llorando a oscuras, sola. Sobre mi madre no tenía una opinión clara; era, al contrario que yo, el tipo de mujer que obedece siempre a su superior. En su caso, su superior era mi padre; y esa era mayor razón por la que no soportaba a mi padre. Pero, a pesar de esa supremacía que él ejercía sobre ella, yo sabía que lo hacía inconscientemente.
Mi madre no lloraba por un problema parejil; era algo más profundo que eso, lo cual me hizo sentirme terriblemente dolida.
-Quiero que sepas que a ti te aprecio. – Le dije.
-Lo sé, aunque no debería darte las gracias porque el hecho de que te lleves tan mal con tu padre me duele más que si me dijeras que no me aprecias en absoluto. – Respondió de golpe.
-Qué bien improvisas. – Dije con sarcasmo. – Sé que no lloras por eso.
-¿Cómo estás tan segura?
-Nunca te ha afectado tanto. Le respondí sencillamente.
Nunca había mantenido una conversación tan abierta con mi madre.
-Me desesperas… - Concluyó.
-Cuando quieras me dices lo que te pasa. Con tu permiso, voy a desayunar aquí. – Le contesté.
-Me acaba de llamar el abuelo desde el hospital.- Dijo entre sollozos. - Pero es la abuela a la que le ha dado un infarto, ya sabes que últimamente está bastante delicada.
Me quedé atónita, speechless. Detestaba que un mal ajeno interrumpiese mi vida de tal forma. Sé que suena muy egoísta, pero no veía la razón por la que sufrir cuando no tenías motivo hasta que le da un infarto a tu abuela.
-Lo siento… - Dije, sin más.
Salí de la cocina dejando el supuesto desayuno a medias para no tener nada más que decir.  Una lágrima rodó por mi mejilla.
-¡Espera! – Sollozó mi madre. – Quiero que un día me acompañes a verla al hospital… Hoy no he podido ir; estaba demasiado afectada...
-Sí, lo haré. – Dije simplemente lo que quería oír.
A veces fingimos ser de hielo pero también somos vulnerables al miedo, pues el hielo y el miedo no son términos incompatibles.
¡Qué puto día más largo! A la mañana siguiente hicieron falta tres gigantes para levantarme.
-Vístete, que vamos al hospital. – Fue lo primero que me dijo mi madre aquel día.
“De paso también podría ver a Jack…”, pensé, “dos en uno”. Pero Jack estaba en la otra punta del hospital y cuando vi a mi abuela no quise dejarla sola. “Hipócrita”, me dije a mí misma. ¿Cuántas veces me había acordado de mi abuela en todo el año?
Mi madre se arrodilló al lado de la cama de su madre, le cogió la mano y le intentó tranquilizar, aunque fuese ella misma quien más lo necesitara ahora mismo. Al verme, mi abuela esbozó una frágil sonrisa.
-Cuánto tiempo, Sarah...– Me dijo.
-Lo sé. – Respondí, fingiendo una sonrisa tímida.
Hizo un gesto para que me acercara y lo hice; me abrazó como si fuese su nieta pequeña y me dio un beso.
-Gracias por venir a verme. – Me dijo. – Y no os preocupéis más por mí, estaré bien en un tiempo.
No soportaba más esa situación tan dramáticamente sentimental. Me despedí poniendo una falsa excusa y me marché en cuanto pude. Omití la visita a Jack por miedo a que me reprocharan haberme ido para ver a un chico al que apenas conocía.

13


Justo antes de salir de la habitación, me di cuenta de que Jack se había dormido. “Tenía la esperanza de que nunca durmiera, hubiera estado bien que fuese un vampiro”, pensé. No hizo falta despedirse. Al salir a la calle anhelamos el bochornoso calor del hospital; las calles estaban muertas y eso producía una mayor sensación de frío.
-Pensaba que Marc era más tímido. – Dije, divertida, refiriéndome a la señal que tenía Stef en el cuello.
-Tranquila, no muerde. – Lo defendió.
-No es lo que parece… - Continué con el juego.
-De acuerdo, por fin nos comimos la boca como Dios manda. – Dijo Stef, con sorna. – Pero no era eso lo que quería decirte…
Esperé callada su respuesta.
-No sé dónde coño se ha metido Marga. – Dijo por fin.
Resoplé. Me esperaba algo que hubiera pasado entre ellos dos, algo que mereciera la pena contar porque habría de ser un buen recuerdo.
-¿Desde cuándo? – Me paré a pensar… - O ¿desde cuándo Marga no anda metida en líos, perdida, desaparecida o haciendo locuras? – Rectifiqué.
-Hablo en serio, no sé dónde está. Antes de encontrarme con tu padre fui a su casa con tu coche porque había ido con Thomas y habíamos quedado hacía ya rato. Pero no estaba en su casa, ni en la de Thomas, y no logro contactar con ninguno de ellos dos…
-¿El qué? – Le corté. - ¿Sabes dónde vive Thomas?
-Sé dónde vive Marc y por lo tanto también dónde viven Thomas y Jack. – Aclaró tranquilamente.
-Llévame allí, quiero ir a ver la casa de Jack. – Repuse.
-¿Para qué? ¿Qué importancia tiene haber ido allí? Él seguro que prefiere estar contigo en un sitio más romántico.
– Tengo curiosidad por ir, ¿no la tuviste tú?
Stef accedió a ir para recoger a Marc.
Tardamos treintaicinco minutos en llegar hasta la condenada casa. Stef me contó que era un pequeño chalet a las afueras que habían alquilado un mes. Cuando llamamos a la puerta, Marc hizo caso omiso a mi saludo y se acercó a Stef para comerle la boca literalmente, como ella había dicho. Parecía que por fin Stef había sucumbido al poder de los besos empalagosos. Seguí hacia adelante por mi cuenta curioseando como un detective. De pequeña siempre había querido serlo.
Entré como Pedro por su casa al que parecía ser el único dormitorio. En él había dos literas y una cama suelta, ambas cubiertas por sábanas totalmente blancas. Alguna camiseta tirada por el suelo era lo único que perturbaba el perfecto orden de la habitación. Me resultó imposible averiguar dónde dormía Jack. Salí de la habitación y me reuní con Stef y Marc.
-Ah, hola Sarah. Siento no haberte saludado antes. -Se disculpó Marc.
-Ya...-Comenté sin hacer caso a su comentario. - ¿Y tú sabes dónde están?
-¿Quiénes?- Preguntó.
"Esto es como hablarle a una pared" pensé.
-Da igual, no creo que me sirvas de mucha ayuda- Contesté justo cuando Stef iba a abrir la boca para explicárselo a Marc.
-¡Sarah! No seas borde. - Me reprochó Stef.
Marc perdonó mi grosería y me propuso quedarme hasta que supiéramos de ellos.
Las dos y media de la madrugada y les dimos por perdidos. Decidí irme a casa aunque no sabía ni dónde me encontraba. La casita que Jack había alquilado con sus amigos formaba parte de una urbanización de pequeños chalets con jardín y algunos con huerto. Mi barrio quedaba relativamente cerca, pues yo también vivía por las afueras y al suroeste de la ciudad.

12


Pero aquella pesadilla me retuvo toda la noche. A veces los sueños eran momentos que deseabas que ocurrieran de verdad. Algunos ya los anhelábamos desde antes de soñarlos; otros venían en una breve noche y eran imposibles de olvidar. También había sueños indeseados, que hacían alusión a nuestros temores y se convertían en situaciones horribles de las que era difícil escapar. Pues bien, aquel sueño era más bien como estos últimos.
No recuerdo muy bien qué hora del día ni qué día era; pues nada de eso es relevante en los sueños, donde todo ocurre en un período de tiempo tan corto como irreal. Lo que sí recuerdo es que estaba buscando a Jack por doquier; se había esfumado por completo. De repente, alguien me golpeó el hombro. Me giré y me topé con él; y en ese preciso instante deseé no haberlo visto. Jack tenía un horrible hueco en lugar de corazón, y me repetía una y otra vez que no me preocupara, que no tenía corazón y que nada le dolía ya. Me estremecí al pensar que yo era capaz de deteriorar así a Jack en sueños. Le quería, se suponía que le quería; y sin embargo, seguía viéndole como un monstruo en mis sueños. A veces pensaba que mis sentimientos se ablandaban, que yo, que nunca había amado por orgullo, me estaba convirtiendo en una frágil florecilla como tantas otras a punto de ser pisadas.
No obstante, no pensaba perder la cabeza por él, aunque fuese el único en mi mente y aunque no pudiera olvidarlo.
No dormí más esa noche. Al poco de despertarme, Stef entró por la puerta. Entonces recordé que había salido a aparcar mi coche y que vendría cuando lo hubiese hecho.
-La has hecho buena, Sarah… - Dijo al ver que estaba despierta. – Tu padre me ha visto con su coche y creía que se lo estaba robando.
-Lo siento, lo siento de veras.  – Contesté pensando en mis cosas, sin saber qué decir.
-Sarah… ¿crees que tu padre ignora quién soy o que se ha molestado en fingirlo para tener una excusa? – Me preguntó.
-No lo sé, Stef; de todas formas mi padre es gilipollas. –Respondí enojada.
-No discrepo. – Dijo Stef.                                     Miré a mi amiga; tenía el maquillaje corrido, la coleta deshecha y una sutil pero indiscreta marca que suponía Marc le había dejado en el cuello. Stef estaba empezando a soltarse; lo cual no me parecía negativo en absoluto, pues prefería verla desaliñada y cansada que preocupada. Y, lo que más me gustaba de ese cambio repentino, era que al fin sonreía de verdad.
-¿Dónde se ha quedado el coche? – Le pregunté.
-En tu casa. Lo siento, si quieres te acompaño andando.
-Iba a proponerte llevarte a tu casa en coche. – Fue toda mi respuesta.
-¿Te subes ya? – Preguntó. – He de contarte un par de cosas…

11


De repente mi móvil empezó a vibrar. Lo tenía en silencio; eso explicaba por qué no lo había oído en casa de Matt.
-¿Stef?- Leí su nombre en la pantalla.
-¡Sarah! Te hemos llamado un montón de veces, Marga y yo empezábamos a preocuparnos por ti… -Respondió al otro lado.
-Ya… solo Marga y tú… - Repetí mosqueada, pensando en Jack.
-¿Qué quieres decir? – Preguntó.
-Lo siento, sé que os preocupáis por mí. He estado en casa de Matt. – Me disculpé.
-De acuerdo, no pasa nada. –Respondió Stef.- Aunque, la verdad es que algo sí que ha pasado…
-¿Qué ocurre, Stef? – Me alarmé.
-Thomas ha pegado un frenazo y Jack… no llevaba el cinturón y se ha golpeado la cabeza contra la luna del coche. –Respondió entrecortadamente.
Me quedé callada un instante. No supe cómo reaccionar.
-Ay madre… - Concluí.
-Está en el hospital de las afueras, ven hasta allí y yo saldré a la puerta. – Me guió. – Chao.
-Voy. – Colgué.
No, no era normal que a estas horas Jack no hubiera venido a ver qué era de mí; estaba claro que algo le había ocurrido. Cerré los ojos y deseé que no hubiera sido nada grave. Cogí prestadas las llaves del coche de mi padre y me largué de casa. Era la primera vez que cogía el coche de mi padre sin permiso. Creo que, a pesar de ser una novata inexperta, conduje más rápido de lo que nunca había ido. En tres minutos estaba aparcando en doble fila en frente del hospital. Busqué a Stef con la mirada y como no la vi decidí entrar directamente. Me crucé con ella en la entrada; de hecho, casi nos damos de bruces.
-¡Sarah! ¿Estás bien? – Me preguntó Stef.
-Sí, vamos con Jack, deprisa; he aparcado en doble fila.
-Ve tú, la tercera puerta a la izquierda. Dame las llaves del coche y yo te lo aparco. – Resolvió Stef.
-Gracias. Te espero dentro. – Le dije.
El hospital olía a rancio y las paredes tenían humedades. Típico de un pueblo.
Llamé dos veces a la puerta. Un enfermero joven y desgarbado me abrió con desgana.
-Hola, venía a ver a Jack… - Dije, dándome cuenta de que no tenía ni la menor idea del apellido.
-Sí, pasa. – Me indicó también con la mano. – Adelante.
Entré en la sala sin volver a dirigirle la mirada al enfermero y me centré en Jack. Estaba tumbado en una camilla con la cabeza vendada. Me quedé mirándolo fijamente. Él me dedicó media sonrisa. Era evidente que aún le dolía. De repente, sentí un impulso de darle un abrazo, pero me frené al pensar que podía hacerle más daño. Una lágrima me rodaba por la mejilla. Jack me la enjugó extendiendo la mano.
-Debe quedarse unos días más. Tiene una leve fractura en el cráneo; pero no ha causado ninguna lesión en el cerebro. – Explicó el enfermero.
-No te preocupes Sarah, no ha sido nada. – Aclaró Jack.
-Es inevitable… podría haber estado allí para ayudarte, pero no lo hice. – Me sentía culpable de veras, y sabía que Jack también lo pensaba en el fondo, que debería haberme quedado.
-Pero no lo hiciste, y ya no hay vuelta atrás. No tiene importamcia. Simplemente dime que me quieres y que vas a estar bien hasta que me recupere.
Asentí con la cabeza y me senté en una silla al lado de la camilla. Pasamos horas en silencio, acariciándonos mutuamente las manos, hasta que uno de los dos cayó dormido. Creo que fui yo la primera. En realidad, no puedo estar segura de que Jack se durmiera.
-¿Sabes que esta noche me has apretado varias veces la mano? – Me dijo en un momento en que me desperté.
-¿Cuándo? – Le pregunté.
-Ahora mismo. Pero no es la primera vez que lo haces. – Sonrió.
-He tenido una pesadilla... - Intenté relacionarlo.
-¿Ah sí? – Pareció interesado. - ¿Sobre qué?
-Nada, tonterías. – Solía decir cuando no quería darle importancia a un asunto.

10


Dejé de discutir y subí a mi habitación con la intención de hacer algo que me distrajera, pero no encontré nada. Me senté de cuclillas en la silla del escritorio y me puse a mirar por la ventana. Desde mi habitación se veía la carretera y al otro lado los bloques de pisos que indicaban que ahí empezaba verdaderamente la ciudad. Me sentí terriblemente sola en mi habitación. Nunca llevaba a nadie a casa porque me resultaba incómodo que estuvieran mis padres observando como buitres. Ellos creían que no debían dejarme en casa porque no era suficientemente responsable, y eso que ya había vivido dos años en un piso con Stef y Marga. Pero "no es lo mismo sola que con otras dos amigas responsables" me aclararon el otro día. Sin ir más lejos, mi padre me acababa de comparar con una adolescente.
Mi adolescencia no había sido como mis padres esperaban. Por eso, creían que aún no la había pasado. Aquellos años en que el resto de las chicas agonizaban por un amor obsesivo; mi mente estaba repleta de odio hacia aquellas personas que, ignorantes, creían en el amor. No quería enamorarme nunca, porque todos terminaban sufriendo, siendo siervos de otro que a su vez vivía para alguien cuyo amor no correspondía. El ejemplo más próximo, más aún que los noviazgos de Marga, eran mis padres. Nunca quise tener un futuro en el que mi vida estuviera anclada a una familia a la que debes querer por obligación. Más tarde me di cuenta de que existen muchas formas de querer a alguien; y que el amor no es malo en sí, sino las personas. Y así me encerré como sigo ahora, en mi propio pensamiento.
A veces quiero despojarme de toda esta rabia, pero me cuesta tanto… A medida que fui conociendo a Jack me daba cuenta de que tenía muchas cosas en común con él; que no era un chico antojadizo cualquiera. Eso me hacía sentirme bien. Lo que no acababa de convencerme era sentir que me estaba enamorando, y que me volvía loca de verle, hasta tal punto que creía verlo donde no estaba. Hacía menos de doce horas que había estado con él, pero ya lo echaba en falta. Jack siempre solía aparecer por mi calle cuando menos me lo esperaba.
Me paré a mirar la hora en el móvil un segundo. Eran las diez y cuarto y tenía catorce llamadas perdidas. Ocho eran de Marga y seis de Stef. Me sentí algo culpable; pues hacía tiempo que no les prestaba atención salvo cuando hablábamos de nuestros ligues. La verdad es que no tenía muchos más amigos que Marga, Stef y Matt. Marga y Stef ya eran amigas cuando las conocí, pero me aceptaron sin problema. Quizá no se parecían mucho a mí, y de hecho, tampoco se parecían entre ellas, pero su compañía me agradaba y pasábamos buenos ratos juntas. Daba la casualidad de que las tres vivíamos en el mismo pueblo en verano y estudiábamos en la misma universidad en una ciudad cercana. El segundo año de carrera me propusieron instalarme en su apartamento, y a partir de ahí consolidamos nuestra amistad. A Matt le conocí un día en la fiesta del pueblo. Matt también estaba estudiando, pero lo hacía en otra ciudad diferente. Lo extraño era que nunca hubiésemos coincidido antes. De hecho, nunca pensé que alguien como él pudiera vivir en este pueblo yermo. Quizá él era quien más se parecía a mí.
Respecto a mi familia, creo que no teníamos nada en común. Quien más hubiera podido asemejarse era mi hermano pequeño, Simon, que había muerto a los dos años por una enfermedad respiratoria. Nunca solía hablar de él; más porque ya lo había olvidado que por la pena que me producía el recuerdo.

9


Tenía el presentimiento de que Jack podría aparecer en casa de Matt en cualquier momento. Sin embargo, eso nunca sucedió.
Estuve cinco horas allí. Tres de ellas las pasé pensando en que tal vez no debería haber confesado a nadie lo que sentía por Jack. Eso podría costarme caro en el caso de que Jack no me hubiese enamorado simplemente porque me quería. Y esa era una posibilidad que nunca había que descartar.
Durante aquel rato, Matt aprovechó para terminar un dibujo a acuarela de una ciudad de noche. Yo le observaba atentamente mientras escuchaba una canción de los Red Hot Chili Peppers. Matt me fascinaba con sus dibujos. Además de su pasión, el dibujo para él era una manera de relajarse y olvidarse de todo. Algún día quería ser como él, soñador…
-¿Sarah? – Matt observó mi gesto ausente.
-Mmmmm… Estaba… pensando. –Dije mirando al infinito de la ciudad nocturna.
-Nunca te había visto contemplar mis dibujs así.- Declaró.
-Estoy pensativa, últimamente siempre lo estoy, perdona.- Le miré a los ojos.
-¿Quieres hacer algo? – Sugirió.
-No, estoy bien… Sigue. – Respondí, pausadamente.
-¿Tienes hambre? Voy a hacer algo de comer.- Propuso.
No tenía ni idea de lo buen o mal cocinero que era, pero debía reconocer que la idea de comer algo me despejó la mente.
-Adoro comer cuando tengo hambre. – Dije sin pensarlo.
-Yo adoro comer sin hambre. – Dijo Matt irónicamente.
-Me refiero a que, ¿nunca te has sentido alguna vez obligado a hacer lo que alguien, mayor o con más autoridad que tú te diga cuándo has de comer, cuándo has de hacer todo lo que se suponga que tienes que hacer?
-En mi caso no... – Se sinceró Matt.
-Me alegro de que no te entristezca pensar en tus padres; no sirvo para consolar a nadie.
Matt escuchaba atento mientras sacaba un paquete de espaguetis del armario y ponía a calentar agua.
-Yo no sirvo para cocinar. – Declaró.
-¿Qué dirías de mí?- Le pregunté.
-Que tampoco.- Matt me dedicó una de sus sonrisas encantadoras.
Entre los dos preparamos los espaguetis y nos los comimos sentados a la mesa, uno en frente del otro, como en una cita romántica.
Matt hizo amago de colocarme en la boca el extremo opuesto del espagueti que estaba a punto de comerse. Al ver que yo le miraba con un gesto un tanto extrañado, fingió de malas maneras que se le estaba cayendo. Estallé en una carcajada. Hacía mucho que no me reía así.
-No hace falta que pongas la excusa de un espagueti para besarme.
-Siempre he querido hacer la escena del espagueti.- Comentó, divertido. – Pero he visto que no te hacía mucha gracia.
-Cómetelos ya por favor. – Reí desesperada.
Todavía no entendía si Matt me había besado para consolarme o por propia voluntad. La primera impresión que tuve de él fue que era homosexual. ¿Y si lo era? Puede que no tuviera una preferencia de sexos. En cualquier caso, eso no me importaba para nada.
Volví a casa a las seis y media de la tarde. Matt me acompañó hasta la mitad del camino, y se despidió con una sonrisa, sin más; lo cual me demostraba que nada le había afectado, y me alegraba. El verano se me pasaba cada vez más rápido, pero tenía la sensación de que cada pequeño instante duraba siglos, especialmente cuando Jack me miraba.
“No debo pensar demasiado en Jack”. “Cuando se vaya, o cuando deje de quererme como lo hace ahora estaré perdida si no sé controlarme.”
Pensar en Matt tampoco me ayudaba; no quería darle a entender cosas que no eran ciertas.
En casa, mi padre me esperaba firme como un soldado para leerme la cartilla.
-¿Qué haces aquí? – Me preguntó de improviso.
-Ya tengo claro que prefieres que no pase por casa, pero debes saber que también es la mía. – Respondí con seguridad.
-¿Es que el idiota del coche no tiene casa? Porque si la tiene ya te estás largando a vivir con él.
-El idiota del coche era el novio de Marga, y yo no soy quien para decirle a mi amiga con quién se debe juntar y con quién no. – Le aclaré.
-No te creo Sarah. Pensaba que ya eras mayorcita, pero a veces pareces una adolescente empedernida.

8


Ese día ya no sentí tanto miedo. Ya había vivido la experiencia de montarme en uno de sus coches y sabía que en el fondo me había gustado.
Thomas parecía incluso más impulsivo que Jack al volante. De no ser porque fuimos dando vueltas por medio de la ciudad estoy segura de que hubiese ido más rápido que Jack. Pero comprendí que Thomas no se relajaba conduciendo a gran velocidad por el campo, sino que le apasionaba hacer el loco por la ciudad, le atraía el riesgo. “Tiene una maldita obsesión”, pensaba continuamente. Thomas se dirigió al castillo en busca de un solo propósito: bajar por la empinada cuesta por la que había subido y desafiar a las curvas que hacía la carretera. Carretera por la que, en ese preciso instante en que pasábamos por allí, caminaba mi padre como todas las tardes para hacer algo de ejercio.
A mi padre no se le escapaba una, y su vista no le falló. Mi padre y yo experimentamos la misma sensación de miedo y sorpresa. Thomas por poco le atropella.
-¡Me bajo! – Repuse cuando el coche terminó de bajar la cuesta.
-Sarah…-Jack me retuvo por el brazo.
Marga me miraba extrañada.
-¡Parad el coche, joder! – Insistí.
Thomas paró en cuanto terminé de decir la última palabra. Salí del coche en una callejuela estrecha, a las afueras de la ciudad. Mi casa me pillaba un poco lejos. Los sitios que frecuentaba también. Me acordé de que Matt vivía por allí. Una fez se fueron, me dirigí hacia su casa con la intención de darle una agradable sorpresa.
Matt vivía solo, tanto aquí como en la ciudad donde estudiaba. Había venido a pasar el verano para ver a sus amigos más que a sus padres, aunque cuidaba en secreto de ellos.
Llamé al timbre de su casa y Matt salió a recibirme al cabo de dos minutos. Matt solía hacer esperar, pero siempre me recibía con un abrazo.
-Hueles a… desodorante de hombre. ¿Y eso, Sarah? – Rió.
Matt era único. Su saludo era único. Me hacía sonreir.
-¿De veras? – Me hice la interesante.- No creo que sea mío.- Le guiñé el ojo.
-Entra; estaba tumbado en la cama pensando. – me invitó.
-¿Pensando en qué?
-En ti. – Me soltó.
“En mí”, pensé. Esa no era una respuesta muy común.
-Es broma. Quería ver tu reacción. La verdad ha sido curiosa. – Sabía que estaba improvisando.
-No te creo. Quiero decir… te creía más antes. – Fui sincera, pero lo acompañé de una risa para no incomodarle.
Sabía que Matt no iba a mencionar nada de lo ocurrido en la piscina y me alegré de que fuera así.
-Como quieras. ¿Qué hacías por aquí?- Cambió de tema.
Tuve miedo de decirle la verdad, pero no pude callarme.
-Joder, Matt. Tenía miedo, mucho. Jack… conocí a Jack en la piscina el otro día. Me gusta, o al menos intento creer que me gusta. –Hice una pausa para respirar. -A él y a su amigo les encanta conducir, pero no saben más que hacer el loco; son unos jodidos temerarios. Es la primera vez que tengo miedo, Matt, pero creo que es algo peor que eso; es la impotencia de no poder hacer nada porque Jack me gusta.
-Sin embargo, hoy te has bajado porque tú has querido. –Supuso Matt.- Sarah, tienes miedo, sí, pero tu fuerza de voluntad es mayor.
-Estoy acojonada. A veces tengo la sensación de Jack me persigue y me incita a hacer lo que él quiere.
-¿Te sentirías mejor si te besara?
Me quedé de piedra. “¿No me escucha cuando le hablo?”, pensé, “acabo de decirle que Jack me gusta”. Sin embargo, me pareció una buena propuesta.
-Hazme olvidarle al menos por un momento...
Matt no me dejó acabar la frase. Sus besos eran dulces y cariñosos como nunca los hubiera imaginado. Experimenté una sensación muy extraña… pero tenía claro que no sentía lo mismo por él como lo que sentía por Jack.
Me separé de él para enjugarme las lágrimas.
-De acuerdo, no debería haber hecho esto. – Me dijo.
-No es eso, Matt; lloro porque me da rabia saber que me gusta Jack y que no siento lo mismo por ti. Sé que somos amigos y que yo seguramente tampoco te guste, pero ojalá me hubiera enamorado de ti.
-Ey, Sarah, calma. No te preocupes, seguro que es una buena persona. - Me dijo.
-Espero. -Respondí.
Le di el último beso y le dije que le quería.

7


Me resultaba extraño que un chico me fuera a buscar para dar una vuelta por la noche.
Caminamos en silencio hasta que llegamos al pie de las escaleras que subían al castillo. Jack no era de aquí, ¿cómo se conocía tan bien la ciudad? ¿Cuándo había llegado? Y lo que era peor: ¿cuándo se iría? No era un buen momento para preguntárselo. Prefería averiguarlo mediante otros métodos menos directos.
-¿Te hace subir?- Me preguntó Jack.
-Está bien. Me gusta la oscuridad.
-Tenemos más en común de lo que piensas.-Sonrió Jack.
No era cierto; lo sabía.
El castillo estaba oscuro y las escasas farolas creaban un ambiente misterioso. Me encantaba la noche. Subimos hasta el parque que rodeaba el castillo y nos sentamos en un banco. Sumidos en la oscuridad y únicamente observados por las aves nocturnas, empezamos a acariciarnos con suma delicadeza.
-Sé que no soy muy abierto, y que hay cosas que no te gustan de mí. Pero tú, sin embargo, eres la mujer perfecta para mí.
Jack me dejó sin palabras. Su argumento era sincero, tan sincero que me llegó hasta el corazón y se me heló el resto del cuerpo.
-Jack, yo te quiero. Pero hay cosas que desde el primer momento me han parecido demasiado ficticias, y supongo que a ti también aunque parezca que no te des cuenta. – le respondí.
Necesitaba por fin exponer mis conclusiones, aunque solo fuera parte de ellas.
-¿Qué ocurre?
-Te creo cuando me dices que me quieres, pero no puedo evitar pensar en que tal vez Marga y Stef no reciban el mismo afecto, Jack, y sabes que tus amigos son los primeros implicados en ello. Sé que cada uno prefiere un tipo de relación, más o menos estrecha, pero yo sé cómo son ellas y me preocupan. Dame una respuesta, Jack. –Por fin me desahogué.
-Sólo te voy a decir una cosa, Sarah: yo no tengo nada que ver con los sentimientos de Marc y de Thomas; yo fui el primero que propuse acercarnos a vosotras y solo sé que estoy realmente enamorado de ti y que jamás diría esto si no lo sintiera de verdad. Piensa por una vez solo en ti misma.
-De acuerdo. – Cerré los ojos y dejé que me besara.
El tiempo se paró y dejé de pensar en todo cuanto no tuviera que ver con él. Perdí la noción del tiempo y, por lo que pude comprobar cuando amaneció al día siguiente, había caído dormida en sus brazos, y él me había dejado cuidadosamente reposando sobre el banco, pues cuando me desperté ya se había ido. “Cabrón”, pensé. No era la primera vez que lo hacía.
Lo primero que hice al despertarme fue cerciorarme de que tenía todo lo que había traído conmigo. Una vez tranquila, entré a la cafetería del parque del castillo, me pedí un café y aproveché para asearme en el baño. Tenía unas ojeras terribles y la tez completamente pálida. Habría jurado que Jack era un vampiro y me había chupado la sangre.
Tardé tres cuartos de hora en llegar a casa. Cuando entré, mi madre se extrañó de verme, pero en su cara no había rastro de preocupación. La verdad, con el tiempo aprendí a no preocuparme por ellos, igual que ellos no se preocupaban por mí. Si hubiesen querido ya me habrían llamado al móvil. No había rastro de llamadas perdidas.
Dudé un momento en el recibidor y creí que no valía la pena quedarme más en casa. Me di media vuelta y le cerré a mi madre la puerta en las narices. Dentro de dos semanas empezaban de nuevo las clases pero hasta entonces quería divertirme un poco. Llamé a Marisa por teléfono y le pregunté si le gustó la vuelta que nos dio Jack en coche el otro día.
-¡Claro! Pensaba que a ti no te gustó. – Me respondió.
-Tenía el estómago revuelto. – Mentí sin saber por qué.
-Ah. Si quieres puedo decírselo a Thomas, a él también le pirran las carreras de coches.
-Perfecto. ¿Te importa que me lo traiga?
-En absoluto. ¿A qué hora te viene bien?- Me preguntó.
-No tengo nada que hacer. –Fui sincera.
Marga me recogió en la cafetería veinte minutos después, junto con Jack y Thomas. Como ellas habían planeado, Thomas se sentaba al volante. Thomas me guiñó un ojo y Marga me dio dos besos. Jack simplemente me miró de arriba abajo, y sonrió al ver el aspecto que tenía. Nunca me había preocupado mucho por mi apariencia, pero la verdad es que cualquiera diría, y no sin razón, que había pasado la noche en la calle.

6


De repente, alguien apareció de algún inoportuno lugar para hacerme una aguadilla. Poco después comprobé que se trataba de Matt, un gran amigo mío. Matt, tan inocente como era, me retuvo más tiempo de lo que pretendía con una aguadilla de broma a modo de saludo. Tan pronto como saqué la cabeza del agua y empecé a respirar entrecortadamente y haciendo más ruido del que pretendía, Jack vino a socorrerme. Pero en vez de preguntarme si estaba bien y preocuparse por mí, Jack agarró bruscamente a Matt y le pegó un puñetazo en la mandíbula.
-¿Estás loco? ¡Déjalo en paz, es un amigo! – Intenté frenarle en vano.
Jack no respondió, hundió a Matt en el agua y salió tranquilamente de la piscina. Me di cuenta entonces de que tenía dos facetas contrarias: la primera, la impulsiva, que le obligaba a reaccionar contra la voluntad de la mayoría de la gente; la segunda, la del arrepentimiento. Creo que Jack se avergonzó de sus hechos pues después del incidente se metió al vestuario y no volvimos a saber de él en toda la mañana.
-Matt, ¿estás bien?- Saqué a Matt del agua ya que él apenas podía salir.
-¿Quién era ese mamón?- Fue su primera pregunta.
-Déjalo, él salió en mi defensa porque no entendió tu intención. –Evité hablar de Jack.
-Ya veo, pero no puedo evitar preguntarme quién ha sido– Contestó.
En ese momento agradecí que la piscina estuviera tan vacía. En realidad lo agradecí en todo momento, pero esa situación me pareció especialmente vergonzosa. El problema era Jack.
Para consolarle, acompañé a Matt a su casa. Como había traido el coche y ahora no se encontraba muy apto para conducirlo, tuve que hacer de chófer sin licencia. No, no tenía el carné de conducir. Matt casi me mata al enterarse.
Llegué a casa a las tres de la tarde. Me había olvidado por completo de Marga, Stef y sus respectivos novios, ligues, o lo que quiera que fueran. Al llegar al portal decidí no entrar en casa tan pronto. Tenía una cara de cabreo que se veía de lejos y no quería que nadie me hiciera preguntas al respecto. Fui a la cafetería de en frente, me pedí un granizado de café y me lo tomé yo sola. Tuve que reprimir las ganas de fumarme un cigarro, igual que también quería ver a Jack y proponerle otro beso. “Pídemelo cuando lo quieras”, no paraba de darle vueltas. Cabrón.
Matt era un buen amigo. Era diferente al resto de la gente, diferente a mí también, pero eso me gustaba; mucho. Él tenía muchos problemas con su familia: su padre consumía cocaína y su madre no lo soportaba, hasta que empezó a beber y dejó de preocuparse. Sin embargo, él nunca había sufrido por ello, aunque la gente de su entorno lo tachaba de raro. Tal vez lo fuera, pero eso me hacía sentirme más unida a él. Nunca solía decir eso, pero hacía tiempo que lo pensaba.
En cualquier caso, Matt no se había merecido el puñetazo de Jack.
Volví a casa con resignación y me sentí como una adolescente enrabietada. No sabía qué era lo que quería y no estaba acostumbrada a esa sensación.
Me distraje leyendo por tercera  vez “Cien años de soledad”. No es que no tuviera otros libros que no hubiese leído aún, pero esa novela me fascinaba y me abstraía del mundo.
Llegó la noche sin darme cuenta. Mis padres no se habían enterado de que había vuelto a casa y tampoco les importaba. De hecho, desde que cumplí la mayoría de edad parecía que habían hecho un pacto ellos solos para despreocuparse al fin de mí.
Oí llamar al timbre. No tenía ganas de abrir. Mi madre que por lo visto estaba cerca de la entrada abrió la puerta. Escuché que preguntaban por mí. Aunque no pude distinguir la voz, imaginé quién se fue por donde había venido tras recibir la noticia de que yo no estaba en casa. Bajé las escaleras sorprendiendo a mi madre y crucé la puerta sin decir nada.
-A veces soy invisible para mis padres, espero no serlo para ti. – Le dije a Jack.
-Sarah…
Pensé que se disculparía, pero no lo hizo.
-¿No esperabas verme? ¿Entonces por qué has venido, para quedar bien con mis padres?- Le solté.
-No he venido ni a quedar bien con tus padres ni a discutir contigo. –Aclaró.
¿Sabía Jack que Matt era mi amigo? Creo que después de pegarle lo intuyó.
-¿Quieres venir conmigo sí o no? – Me preguntó.
-Sí.

5


Stef nos esperaba a Marga y a mí ya cambiada en el vestuario de chicas. Estaba atenta leyendo un mensaje en el móvil que no llegué a ver. Marga y yo nos cambiamos sin decir nada. El bañador me apretaba ligeramente las caderas; no recordaba cuanto hacía desde que lo compré. Me miré al espejo y me sorprendí de mi misma por el curioso contraste que hacía mi piel blanca y mi prominente pelo negro. Vi también a Stef reflejada, con su inconfundible piel morena sobre su menudo cuerpo. Me giré para comprobar que en efecto había un gesto de preocupación en su cara.
-¿Ocurre algo?- Le pregunté.
-Oh, no, nada.-Fingió una leve sonrisa.
-¿Segura? No tienes por qué ocultarme nada, de hecho me sentiría mejor si puedo ayudarte.-Le recordé.
Marga nos miró con ademán inquisitivo pero en seguida se dio media vuelta hacia los aseos. Stef aprovechó ese momento para sincerarse conmigo.
-Es solo que no llego a creerme de verdad que todo esto esté pasando de verdad. No quería decirlo delante de Marga porque la veo muy ilusionada con Marc. Es una tontería, pero eso es lo que pienso, que tengo la ligera sospecha de que aquí hay gato encerrado.
-Tranquila, yo también lo pienso. Pero no le des más vueltas, simplemente no lo pienses. Al fin y al cabo ellos están aquí de vacaciones y no sabemos qué harán después.-Le respondí, mientras me daba cuenta de lo mal que me estaban haciendo sentir mis propias palabras.
Marga salió del baño con una reprimenda preparada.
-¿Pero qué hacéis aquí de charla? ¿Sabéis que hay gente esperando? Vamos adentro.
Salí a rastras del vestuario. Si por mí fuera me hubiera quedado allí toda la mañana.
La piscina era enorme y profunda, azul y oscura. Y sobre todo, toda para nosotros. No había nadie en el agua salvo un flotador deshinchado. Thomas fue el primero en montarse. Yo caí al agua gracias al resto, que se alió contra mí aprovechando mi momento de contemplación del infinito.
Antes de sacar la cabeza del agua, Jack ya estaba dentro a mi lado. Le miré a los ojos y al ver que me estaba observando me sentí un poco más querida.
-En el fondo te quiero. –Sonrió.
¿Cómo era posible? Llevaba tiempo esperando ese momento. Y más aún el que sucedió a continuación. Jack me cogió por los hombros y me besó desesperadamente, hundiéndose ligeramente en los momentos de mayor pasión.
-Pídemelo cuando lo quieras. – Me dijo.
Y comenzó a hacer largos como si estuviera en un entrenamiento profesional.

4


Pero esta vez Jack no se molestó en tomárselo mal, simplemente me dedicó una frívola sonrisa.
-Ya se te pasará. – Me dijo.
Yo le acompañé entonces por la simple curiosidad de investigar sus propósitos al haberme conocido. Todavía no confiaba en él, no estaba segura de que quisiera seguir adelante conmigo.
Jack había tenido muchas ocasiones para besarme el día anterior desde que cogimos confianza, pero solo lo hizo en dos de ellas. No era esa la razón por la que yo sospechara de él, Jack era frío y distante por naturaleza, y respetaba mis decisiones cuando se lo pedía. Por eso, desde que esquivé su primer beso, sentada en la orilla de la piscina, noté que Jack se lo pensaba dos veces antes de volver a intentarlo. Pero tampoco quería eso. Sus besos me relajaban, me hacían creer que además de ser una persona ajena y enmascarada tenía también un lado tierno que siempre me reconfortaba.
“No te dejes engañar, tú eres una chica sencilla a la que ningún chico como Jack se acercaría si no estuviera realmente enamorado o no tuviera una segunda intención”, me dije. “Pero, por eso mismo, aprovecha que Jack lo ha hecho porque podría ser el único en mucho tiempo”.
En cinco minutos de silencio llegamos al punto de encuentro.
-Hola Sarah, Jack. – Saludó Stef con timidez.
Marga aún no había llegado. Estaría viviendo una de sus aventuras amorosas con Thomas. Por aquel entonces aún no conocía muy bien a Thomas, pero intuía que era más parecido a ella que cualquiera de los otros dos.
¿Les esperamos dentro? – Sugerí.
-Entrad vosotras, Jack y yo vamos a fumarnos un cigarrillo. – Respondió Marc.
-No me gusta que fumes tanto. – Le reprochó Stef.
Y entonces mi inconsciente actuó de forma astuta.
-Os acompaño. La verdad es que yo también lo necesito. – Les dije. – Pero no me he traído tabaco, ¿me prestáis?
-¡Sarah! Tú nunca fumabas… - Gritó Stef, indignada.
Tuve que inventarme una excusa estúpida para esconder mi pequeña mentira. Pero al fin conseguí lo que quería: no dejarles ni un momento a solas. Marc y Jack aceptaron sin aparente preocupación.
Stef entró al recinto tras dirigirnos una mirada torva que nadie hubiera esperado de ella. Jack me tendió un paquete y cogí un cigarro. Ya me lo iba a meter a la boca cuando Marc me prestó el mechero y rectifiqué prendiéndole fuego antes de empezar a fumar. Improvisé mis primeras caladas como si en ello me fuera la vida. De hecho, estaba tan concentrada en hacer que pareciera real que tardé un buen rato en darme cuenta de que Jack y Marc estaban intercambiando miradas cómplices.
-¿Os estáis riendo de mí? – Intenté parecer divertida.
-¿Eso crees? – Rió Jack.
Parecía que yo era la que más interesada estaba en fumarme ese endiablado cigarrillo. Llegué hasta a pensar que llevaba fumando desde hacía tiempos inmemorables y que no podría vivir sin él. Lo cual en cierto modo demostraba mi excelente capacidad para fingir situaciones a las que no estaba acostumbrada.
Antes de que me hubiera dado tiempo a responder, Thomas apareció corriendo perseguido por Marga. Me apresuré en dar las dos últimas caladas para tirar pronto el cigarrillo. Lo hice instintivamente, como cuando no quieres que alguien te vea haciendo tal cosa que los demás consideran prohibida.
-¡Es un capullo! – Marga se hizo notar. – Estábamos enrollándonos cuando echó a correr sin más, ¡y yo sin acordarme de la cita!
Sus palabras no eran de disgusto, sino más bien de broma.
-Si quieres yo sigo. – Dijo Thomas al tiempo que se acercaba a ella.
Marga aceptó su beso de buena gana. Jack le propinó un codazo a Thomas en las costillas, cuyo significado era “ya ha sido suficiente”. El silencio parecía ser incómodo para todos excepto para mí. Por esa razón decidimos entrar de una vez. 

3


Llegué a casa y me cercioré de que mis padres dormían en su habitación y de que no había ninguna anomalía que pudiera turbar mi sueño.
Yo no era abierta, más bien reservada y precavida. Tendía a pensar en la peor situación para no llevarme disgustos. Era feliz a mi manera, aunque me costaba sonreír. Y debido a mi temprana desconfianza, al día siguiente me desperté pensando en que quizá no había conocido de verdad a ese hombre, que podría haber sido fruto de un sueño absurdo.
“¿Qué estupideces digo?”, pensé. “Ayer viví el mejor día de mi vida y hoy no voy a desaprovechar la oportunidad de volverle a ver”.
-Hoy salgo de mañana. – Les dije a mis padres. –Y no probablemente no vuelva hasta la noche. – Añadí en voz baja.
Mis padres no reaccionaron. Se limitaron a comprobar que la puerta estaba cerrada, o eso supongo que harían, como hacen siempre, pues yo ya estaba de camino. Poco más tarde de salir de casa me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde vivía Jack ni tenía su móvil siquiera… ¿o sí? Tal vez, jugando a lo prohibido, él me escribiera su móvil en la ingle, y tal vez yo, loca y extasiada, lo olvidara por completo. No era propio de mí, pero, insatisfecha, comprobé que era cierto. Una señora mayor se quedó mirándome mientras yo, en medio de la calle, consultaba la entrepierna mientras marcaba en el teclado del móvil.
Esperé un buen rato hasta que por fin Jack cogió el teléfono. Me llevé una pequeña desilusión cuando escuchó mi voz y preguntó quién era. Inocente por primera vez de mí, creí que él también había guardado mi número.
-Soy Sarah, Jack. Por favor, dime que te acuerdas de mí. – Le supliqué. Temía con toda mi alma que lo hubiera olvidado, tan pronto como ayer me abandonó inesperadamente.
-No te he olvidado, Sarah. Por eso he venido a buscarte. – Colgó y apareció en la esquina de mi calle, desde donde yo le llamaba.
-¡Jack! Eres tan impredecible…
-En absoluto. Soy una persona sencilla, la más corriente del mundo. –Obviamente mentía.
Jack me hacía caminar el doble de rápido que de costumbre. Yo me esforzaba en seguirle el paso, aunque él lo hacía inconscientemente. Sin embargo, a veces parecía satisfacerle sacarme ventaja en algo. Ser frío era para él una virtud. Había entre nosotros una especie de relación amor-competencia.
-Quizá te parezca que soy demasiado banal para ti, pero tengo mis estrategias. – comenté.
-¿Para qué necesitas estrategias?- Preguntó, desconfiado, mientras me soltaba la mano.
-Para ganarte, Jack. – No quería hablar más, pero tenía la intuición de que él perseguía el objetivo de enamorarme para tenerme a sus pies. Yo le quería, pero estaba segura de que si se diera el caso no toleraría aceptar órdenes sin más.