jueves, 28 de marzo de 2013

23


El lunes me desperté de repente envuelta en sudor.  Me di una ducha rápida y desperté a Stef, que se hizo la remolona.
-Vamos… - Empecé a impacientarme.
Cogí dos galletas del bolso que habíamos comprado ayer y las engullí por el camilo, mientras tiraba de Stef en dirección a la boca de metro.
Media hora más tarde descansaba tranquila sobre la butaca contigua a la de Stef, en primera fila. La clase de periodismo de sociedad y cultura fue amena; la de historia y teoría del periodismo requirió u mayor esfuerzo mental.
Sí, Stef y yo estudiábamos periodismo. La diferencia era que esa era la vocación de Stef, pero no la mía. Yo simplemente no sabía qué estudiar;  pero mis estudios previos no estaban muy orientados hacia una carrera científica. Dos años atrás, decidí que la carrera de periodismo no estaría mal, dentro de las que estaban a mi alcance, es decir, aquellas carreras cuya nota de corte era más baja que la mía. Jamás fui una estudiante brillante, pero tampoco sufrí nunca por ello.
La gente en la facultad era muy extrovertida y sociable. Cada fin de trimestre hacían una fiesta en un colegio mayor, y aprovechaban cada evento para salir de fiesta. Los que tenían menos que estudiar salían también los viernes y los jueves de continuo.
La verdad es que yo tampoco aprovechaba demasiado los fines de semana para estudiar, pero detestaba salir en manada.

22


Desde el primer curso ya teníamos localizados todos los establecimientos de comida rápida de la zona. El más cercano, en la misma calle, era el kebab. Dos calles a la derecha más adelante había una hamburguesería bastante concurrido que no solíamos frecuentar mucho, a no ser que fuéramos con más gente. Un poco más allá había una pizzería y una bocatería.
Nuestra dieta se basaba en comida basura, excepto cuando Marga decidía cocinar, los días que no estábamos de exámenes. Al medio día comíamos en la universidad a base de macarrones, guisantes, ensalada y filetes de ternera empanados. “Oh maravilloso y variado menú”.
Estaba introduciendo la llave en la cerradura de la puerta de casa cuando Jack me llamó al móvil. Me pegué tal susto por la vibración del móvil que mi preciado kebab se me resbaló de la mano izquierda y se estampó contra el suelo, con un “plof” inminente.
Stef se estuvo riendo de mí durante un buen rato, y sin embargo, me dio tiempo a coger la llamada.
-¿Sí?- Dije, nerviosa perdida.
-Sarah, ¿estás bien? – Indudablemente era Jack. ¿Por qué empezaba así la conversación? ¿Por qué no iba al grano?
-Claro, ¿y tú? ¿Dónde estás? – Fue mi primer impulso.
-En tu pueblo – Hizo una breve pausa y se rió. – Me lo paso bien aquí, acabo de conocer a tus padres y les echo una partida de póker por las tardes… - Dijo irónicamente.
-Seguro… seguro que les encanta pasar el rato contigo, sobre todo si les has contado que estuvimos juntos. – Le seguí el juego.
-Y lo estamos. Me refiero a que, aunque no estemos literalmente juntos… me entiendes, ¿no?
-De acuerdo. – Dije, no del todo convencida.
- No te gusta mi humor, lo entiendo. – Jack adoptó un tono de voz más serio, sin llegar a ser preocupante en él.
De repente, dejé de mirar las escaleras y observé que Stef había entrado en casa y me había dejado la puerta abierta para que pasara. Yo me había quedado en el rellano atontada por la reverberación de mi voz en las escaleras. Decidí entrar en casa.
-Sarah, ¿qué estás haciendo? – Rió Jack.
No sabía si había seguido hablando o había estado callado en ese momento de confusión mental.
-Oh, nada, poner mi mente en blanco durante un instante.
-Me encantas. – Me dijo. –Mañana te llamo si quieres, te dejo en paz.
-Lo que quieras, Jack. Llámame un poco antes, si puedes.
-De acuerdo. Sarah…
-Dime.
-Te quiero, mucho.
Respondí algo y colgué porque me entraba una nostalgia desagradable.
Stef me miraba como diciendo, “tu novio te quita el hambre, ¿o qué?”.
-No creo que mi kebab haya quedado en buen estado… - Le recordé.
-Qué más da, Sarah, cómetelo, por favor, que me da pena verte así de parada.
Cogí la masa pringosa envuelta en papel del suelo y me la comí sin pensar en nada, pues la verdad es que no era demasiado escrupulosa para eso.

21


Mi padre ya se había ido cuando Stef llamó al timbre del portal.
-Siento el retraso. – Contestó Stef. – Mi madre estaba cabreada conmigo y…
-No pasa nada, sube. – Le corté.
Cuando la vi me entraron ganas de darle un abrazo. Stef estaba más delgada que de costumbre. Sus grandes ojos negros estaban ojerosos y su rostro más pálido que de costumbre. Stef había roto definitivamente con Marc.
-A mí Jack me hace olvidarme del resto de la gente; y no te creas que me gusta. – Comenté.- Hace siglos que no veo a Matt y no me pude despedir de él. Apenas me despedí de Marga.
-Sé que es cruel, pero añoraría tener ese sentimiento, Sarah…
-No sufras. – Le dije, cogiéndola por la espalda.
-Marc nunca ha sentido nada, Sarah, nada. Al principio lo obviaba; después empecé a darme pena y a compadecerme de mí misma y de ahí no pude salir. La excusa para dejarme fue que ya no era alegre como al principio, que había perdido las ganas de estar con él y con la gente, que parecía desconsolada y amargada en todo momento y que por eso no era agradable estar conmigo. ¿Cómo quiere que me sienta ahora? ¿No era capaz de entender que todo ese malestar que tanto repudiaba me lo creó él? – Me miró, desconsolada.
-Las personas vamos siempre buscando nuestro objetivo por lo fácil, Stef; a veces somos ciegas y siempre ignorantes. No le des más vueltas, Marc no es una excepción.
-¿Jack sí?- Fue una pregunta inesperada.
-No, Jack tampoco lo es. Pero lo oculta. Estoy segura de que Jack oculta su verdadera voluntad, porque no tengo ni idea de cuál es.
-Creo que su voluntad eres tú, y que es sincero en eso, Sarah.
-No lo sé, Stef…
La conversación se había vuelto un tanto filosófica, lo cual me hacía sentir una ligera sensación de mareo; odiaba buscarles sentido a las cosas, y sin embargo lo hacía bastante frecuentemente.
La tarde fue tediosa y larga. Como siempre, tuvimos problemas con la red WiFi que propusimos instalar en el apartamento. Stef, que era ordenada y limpia, pasó dos horas limpiando el polvo de las estanterías y fregando el suelo.
El piso era pequeño. De hecho, las tres solíamos compartir habitación, pues había dos camas y un sofá bastante cómodo. El baño era diminuto y los muebles estaban medio podridos por el agua, pero no necesitábamos algo mejor. La cocina, bueno, no la utilizábamos mucho porque solíamos encargar comida ya hecha y comerla en la habitación, así que apenas le prestábamos atención.
Comprobamos que todos los electrodomésticos funcionaban y salimos a comprar hojas para los apuntes y algo de comida. Stef se decidió por un kebab. Yo acepté encantada; adoraba el kebab y tenía un hambre de mil demonios.

20


Entré en casa sin hacer ruido y cogí algo del frigorífico. Hacía días que no me sentaba a la mesa a comer. Subí a la habitación, le pegué un mordisco a lo que fuera que estuviera comiendo y abrí la ventana; me gustaba que la noche entrara en el cuarto.
Aquella noche soñé demasiado como para recordarlo. Me levanté a las cuatro de la madrugada con una resaca psicológica y un vago recuerdo de historias sin sentido, fruto de mi imaginación. Ni puta idea de qué día era.
Pasó despacio el tiempo hasta que mi padre, al ver que estaba en las nubes, me recordó que habíamos quedado en partir al día siguiente. En ese momento me di cuenta de que quería hacer demasiadas cosas antes de irme. Decidí mandar todas a la mierda excepto una: despedirme de Jack…
Estaba pensando en él cuando apareció por mi calle; lo vi desde la ventana. “Jack, siempre tan oportuno”, pensé.
-Sarah. – Me dijo desde abajo.
-Ahora mismo me tiro por la ventana.- Le dije, en tono dramático.
Bajé en pijama y le abracé, acariciándole la nuca revolviéndole el pelo.
-Me voy por Stef; no quiero dejarla sola. – Le expliqué.
-No puedes dejar la carrera, Sarah; no quiero estropearte tus planes y tu futuro. – Me dijo.
-¿Por qué no te vienes?
-Porque no puedo vivir con la persona a la que amo, porque entonces no la dejaría vivir a ella.
Pensé que era una excusa. Sin embargo, yo también había pensado muchas veces que no quería vivir siempre con un amante; pero no por la misma razón que por la de Jack, sino porque tarde o temprano dejaría de quererle o él a mí y tal vez no hubiera nada después de eso, y no soportaría vivir con alguien por quien no sintiera nada más. Sin embargo, tampoco quería vivir sola, así que supongo que elegiría vivir con una buena amiga, que durara para siempre. Y esa amiga podía ser Stef.
Pasé el rato con él, en silencio. No quise despedirme, pero él sabía lo que diría en tal caso. Su último gesto fue una caricia en la mejilla.
-Ten por seguro que me verás, y que te llamaré al menos media hora cada día; lo prometo.- Me dijo.
Hice todo lo posible por olvidarle. Al día siguiente me despedí de mi madre y de mi abuela más seriamente –pues quizá no la volviese a ver- y me subí al coche con mi padre.
Tras dos horas de viaje por una febril autopista decidí continuar aquel diario que estaba publicando en mi blog. Había, al final de la página, un pequeño comentario que decía “mi vida empezó también aquel día”. Era de Jack, por supuesto. Apenas me acordaba de lo sucedido hasta que le puse empeño y empecé a recordar con detalle cada día, resumiéndolos sin compasión.
Stef aún no había llegado. Habíamos quedado en media hora en la puerta del piso con la propietaria, que no tenía a quién más alquilarlo y por eso se ofrecía a guardárnoslo en verano. La dueña del piso era una mujer de mediana edad, simpática y práctica. Le pagábamos por adelantado en efectivo y ella nos proporcionaba la llave con toda confianza.

sábado, 8 de diciembre de 2012

19


Un golpe seco en la puerta me sacó del atolladero de pensamientos. La puerta se abrió bruscamente antes de que me diera cuenta. Mi padre entró en la habitación.
-Sarah, empiezas el lunes que viene, ve haciendo las maletas; el sábado te llevo para allá. – Cerró y se fue.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Deseé no haber conocido a Jack, al menos no durante la carrera. Esa misma noche decidí quedarme con Jack; si él se negaba a venir conmigo, estaría dispuesta a vivir aquí con él, escondida de mis padres hasta que me hartara de ellos y les diera una ingrata sorpresa.
No hay ninguna decisión incorrecta, quizá porque tampoco hay ninguna correcta.
Pasé la noche haciendo las maletas para mudarme a casa de Jack. Quizá no volvería en un tiempo, pues mi padre se había comprometido a llevarme y saber que me había escapado de casa le pondría furioso. Entonces me di cuenta de que no sabía que hacer con Stef, no podía dejarla sola en el piso.
La llamé esa noche y la obligué a salir de casa. Cuando hablé con ella me dio la sensación de escuchar un sollozo, pero no pude distinguir si lloraba. Quedé con ella que saldría a portal a las dos y cuarto, y que allí me esperaría para hablar con ella.
-Hola. –Me saludó.
Ahora resultaba evidente que Stef había estado llorando; tenía las cuencas de los ojos rojas y las pestañas húmedas.
-¿Te pasa algo? – Pregunté, por no ser muy explícita.
-No sé, Sarah. Creo que Matt y yo hemos roto. Hace tiempo que no hablo con él; parece que ninguno sabe cuándo empezamos a distanciarnos, no sé. – Explicó de malas maneras.
-¿Hasta qué punto le quieres? – Pregunté.
-No sé, Sarah, no es que me haya enamorado de él, solo echo en falta su compañía. – Respondió. – Pero a él parece no importare. Por eso, tengo unas ganas infinitas de salir de aquí y olvidarme de él.
Me quedé helada, sin saber qué decir, pero preferí no mencionar a Jack. La idea de dejar la carrera y a Stef era en sí una locura, aunque lo deseara con todo mi ser.
-¿En qué piensas? – Me preguntó.
-Que yo también le voy a echar de menos. – Me sincere.
-¿A Jack? – Preguntó.
“Sí, a Jack”, pensé.
-Sí, a Jack y a Marga. – Dije.
No, Stef no tenía noticias de Marga. Quizá Marga solo me hubiera llamado a mí porque necesitaba desahogarse con alguien y decidió aleatoriamente que lo haría conmigo por no repetir la noticia una segunda vez. Stef no tenía más ganas de llorar, supuse, por lo que se quedó callada y se sentó en el bordillo.
-¿Estás pensando irte tú también? – Me dijo. - ¿A Dinamarca?
-No, no voy a dejarlo todo por alguien a quien acabo de conocer. – Mentí.
-Yo no voy a decirte nada, puedes hacer lo que quieras.
Pensé en mi estúpido plan y dejé de darle vueltas, no podía quedarme. De todas formas, nada podría separarme de Jack. Lo único que podría perjudicarme era el continuo pensar en él.
Le di un fuerte abrazo a Stef y le prometí estar siempre con ella. Era lo que tocaba decir. Ese día me sentí una impostora, muy lejos de ser yo misma. Pero, ¿qué más daba? Siempre era mejor mentir para hacer bien a los demás que expresar la verdad y clavarles una navajita en el costado.

18


El tiempo pasaba y en una semana volvería al piso en la ciudad para retomar las clases. Al menos Stef y Marga estarían ahí para consolarme, pero, ¿eran capaces de dejar su relación con sus respectivos novios? Me imaginé que cada una traía al suyo al piso. ¿De qué vivían Jack, Thomas y Marc? Al fin y al cabo, ellos tres no eran más que unos turistas por un tiempo y un día volverían a su país a trabajar o a estudiar. En ese momento Jack me llamó.
-Sarah, ¿puedo verte en media hora? Te espero en el Dry Coffe. – Y acto seguido colgó.
Tres o cuatro segundos más tarde me levanté de dondequiera que estuviera y me dispuse a cambiarme. Hacía unos cuantos días que no salía de casa por pereza. Tampoco me aseaba ni me duchaba desde hacía tres o cuatro días pues pensé que no tenía sentido si sabía que iba a pasar el día metida en mi habitación, y que en ella no había nadie que reparara en mi olor. Ese día intenté olvidarme de todo aquello que no me dejó vivir con normalidad durante este tiempo, pues Jack seguía ahí.
Treintaicinco minutos más tarde – aquella fue la primera vez que fui impuntual en toda mi vida- estaba abajo en la cafetería. Jack, que siempre llegaba en el minuto exacto, llevaría cinco minutos esperándome pacientemente.
-Hola, Sarah. – Jack me dio dos besos en l mejilla.
-¿Qué ocurre, Jack? – Me temí lo peor.
-Nada malo, Sarah. Te quiero igual aunque no nos veamos tan frecuentemente. – me aseguró.
Hubo un pequeño silencio, pues no sabía si creer o no sus palabras. El amor era muy relativo. Tampoco sabía qué era lo que Jack sentía por mí. Sin embargo, yo tenía claro que Jack, además de atraerme físicamente me seducía su forma de pensar, su frialdad, su sinceridad más pura… Había muchas cosas que me gustaban de él que me envolvían y no me dejaban salir al exterior. Me refiero a que Jack me tapaba el resto de cosas pues nada más que él me importaba. A veces cuando estás enamorada dices cosas sin sentido.
-Quería decirte que estos días estuve hablando con Thomas y Marc sobre nuestro futuro. No quise decirte nada antes de estar seguro. – Hizo una pausa, esperando a que dijera algo. Como no lo hice, prosiguió: - Verás, yo no tengo un trabajo fijo. Thomas, Marc y yo tenemos una especie de negocio que podríamos continuar aquí o en Dinamarca, eso no importa, si es lo que estabas pensando.
Creo que Jack nunca había hablado tanto seguido.
-¿Qué sucede, entonces? – Pregunté.
-Se suponía que este era un viaje de vacaciones, improvisado, aunque yo venía con la única intención que ya conoces. No tenía ni idea de lo que iba a hacer, pero ahora sé que quiero estar contigo, donde sea. Sin embargo, Thomas me ha contado que las tres vivís en un piso fuera, que estáis estudiando; Sarah, quizá no debería distraerte durante el curso.
-No, Jack, quiero estar contigo, no te vayas. – Respondí.
-Tengo la sensación de que Thomas y Marc no están del todo a gusto aquí, pero eso no me importa, pues el negocio podría continuar por internet. – Explicó Jack.
-¿Y bien? ¿Qué es lo que piensas hacer? – Pregunté con frialdad.
-Quizá me quede aquí, en tu pueblo, y te espere cuando puedas venir… Pero no quiero que pienses en mí mientras no estés conmigo, pues intento dejarte libertad para que termines tus estudios. – Aclaró Jack.
Sus palabras parecían una excusa para separarse de mí, pero en el fondo yo sabía que lo hacía por mi bien.
-¿Y Marc y Thomas? – Pregunté. - ¿Se quedarían contigo?
-Eso no puedo asegurártelo. – Respondió.
-Ya, entiendo. Sin embargo, creo que ellas dos estarían dispuestas a irse a Dinamarca. En el fondo también me importan mis amigas, Jack. – Le dije.
-Quizás no seas tú la que debas hablar con ellas, sino Marc y Thomas. Yo tampoco puedo hacer nada. – Se lamentó Jack.
Nos despedimos y quedamos en que nos veríamos cada vez que volviese al pueblo.
Por la tarde me llamó Marga. No me dijo nada de quedar, solo quería hablar conmigo y confesó que prefería hacerlo por teléfono. Me dijo que se marchaba a Dinamarca, que dejaba los estudios y que tenía miedo de contárselo a sus padres, por eso lo hacía en secreto. Opté por decirle que fuese feliz junto a Marc, y que le echaría de menos. Me preguntó si iba a seguir con la carrera y con Jack, y si sabía algo de Stef. Pensé que Marga y Stef hablaban entre ellas más que yo lo hacía con ninguna de las dos, pero no era así; desde aquella tarde en la piscina cada una había seguido un camino distinto. Le propuse quedar cuando estuviese mejor para despedirme de ella.
Demasiada información para un día. Supuse que Stef estaba bien. Jack me envió un mensaje diciéndome que “Marc se queda conmigo, te quiero”.
Desde hacía un par de semanas, cada noche dormía menos, hasta el punto de creerme vampiro. Había luna llena y una pequeña estrella le acompañaba, sonriente. Las nubes pasaban ágilmente bajo ellas, me recordaron al mar. A veces soñaba con ser tragada por un agujero negro y otras con caer al vacío y sentir cómo mi cuerpo se deshacía por la ausencia de gravedad. Me vi sola, aturdida, perdida en mis estudios y con el fiambre de Stef siguiéndome a todas partes como un cadáver. Las clases en la universidad me venían grandes, y el piso se convertía en un paraje hostil donde siempre era invierno debido a que mis padres no me daban dinero suficiente para pagar la calefacción. Pronto llegó el día en que me vi acorralada en mi habitación, pues no había espacio suficiente para los apuntes. Al día siguiente tiré el armario por la ventana…

17


Jack sonrió y me llevó agarrada de su mano hasta su casa provisional. Fingí no haberla visto nunca. Me dejé guiar hasta su dormitorio y él me dejó caer en la cama. Entonces apoyó las manos a ambos lados de mi cadera y se sostuvo a dos palmos por encima de mí, mirándome fijamente. De pronto, Jack se deslizó como una serpiente hasta su presa y me mordió en el labio. Los momentos siguientes encadenaron una guerra de ataques seductores. Dos horas más tarde acabamos magullados y malheridos el uno junto al otro. La ropa de Jack se perdió entre las sábanas al igual que mi consciencia. Sin embargo, me negué a dar un paso más para comprobar si Jack era capaz de respetar mi decisión, y así lo hizo. Jack me demostró que mi voluntad era tan si no más primordial que la suya.
-¿Todo bien?- Preguntó Jack.
-Sí, todo bien. – Le respondí, exhausta.
Jack se vistió y me indicó con la cabeza que le acompañara.
-He de irme, Sarah. Puedes quedarte aquí si quieres; cuando te vayas cierra la puerta. – Jack me entregó las llaves de su casa y con ellas un voto de confianza.
-Gracias, Jack. – Respondí. – Pero me iré ahora a casa. – Le entregué las llaves.
Jack me cerró la mano con las llaves dentro y me dijo que esa era mi casa. Poco después me dí cuenta de que también era la casa de Thomas y Matt, pero para entonces ya era demasiado tarde; Jack se había ido. No me había atrevido a preguntarle o tal vez ni siquiera tuve tiempo para formularle la pregunta antes de que se fuera. "Mierda", pensé.
Volví al mundo al cabo de cinco minutos. El camino de vuelta a casa se me hacía eterno y el viento en contra me helaba los huesos. “Qué irónico que, cuando Jack no está, tenga esta sensación de frío, siendo él la persona más distante y fría que conocía”, pensé.
Al ver el castillo pensé que las vistas a esas horas serían preciosas. No obstante, opté por volver a casa y acompañar a mi madre que últimamente se pasaba las noches en vela. Quise mirar la hora pero encontré la muñeca vacía. “¡Mierda!”. No tenía ni idea de lo que podría haber hecho con el reloj; juraría que lo llevaba al salir de casa, pero hacía ya tanto… “Me lo habré dejado en la cafetería mientras jugaba con él”, medité.
Antes de entrar en casa pasé por el Dry Coffee Snack Bar y le pregunté al camarero si lo había visto. El pobre chico negó con cara de asustado -debí de hacer demasiados aspavientos-, se disculpó y siguió limpiando la pegajosa sustancia que cubría las mesas. Inconformista como soy, opté por preguntar al resto de personal. Tres cuartos de hora más tarde -lo supe gracias al reloj del establecimiento- regresé a casa con las manos vacías.
Y a partir de entonces volvió mi tediosa vida rutinaria, aquella en la que Jack no existía y que la salud de mi abuela era lo único en lo que debía pensar; de lo contrario todo lo que hiciera no sería bien visto. Jack me llamaba una vez cada dos días para decirme que me quería, pero que no tenía tiempo para verme.
En el blog ya nadie comentaba, lo cual tampoco me extrañaba mucho debido a que no había continuado mi diario ni siquiera pensado cualquier otro tema sobre el que escribir.